x

Bibliatodo Diccionario

Anuncios


moisés - Diccionario Español

1. m. Cestillo ligero de mimbre, lona u otra materia, con asas, que sirve de cuna portátil.

OS V.

lágrimas de Moisés

ley de Moisés

Moisés - Reina Valera 1909

MOSES, SACADO. (Ex 2:10) MOISÉS. Moisés, levita, fue hijo de Amram y locabed. Nació en Heliópolis, famosa ciudad del bajo Egipto. Fue adoptado por la hija de Faraón y educado 'en toda la sabiduría de los egipcios' (Ex 21:1-15). Llegó a ser varón 'poderoso en sus palabras y obras'. Este primer período de su vida terminó cuando mató a un egipcio y tuvo que huir a Madián (Ex 2:15),(Ex 4:31).

Durante su exilio (período de 40 años) se casó con Séfora, hija de Jetro. Era pastor cuando se acercó a la zarza ardiendo y recibió el llamado de Dios. Cuando regresó a Egipto se convirtió en emancipador y dirigente de Israel (período de 40 años). Moisés, líder del éxodo (Ex 5:1-15), llevó el pueblo al Sinaí después de pasar junto al Mar Muerto (Ex 15:22),(Ex 19:2).

Allí se convirtió en legislador (los diez mandamientos constan en Éxodo 20: 1 17 y (Dt 5:6-21). Guió a los israelitas desde el Sinaí a las fronteras de la Tierra Prometida, pero murió en Nebo. Moisés fue un gran profeta, general, administrador, legislador, estadista, liberador, prosista, poeta e histo¬riador hebreo.

Moises - Douglas Tenney

(heb., moseheh; egipcio, mes, es sacado, engendrado). El héroe nacional que libertó a los israelitas de la esclavitud egipcia, los estableció como nación independiente y los preparó para entrar en Canaán. Si se basa el éxodo en una fecha temprana, c. de 1440 a. de J.C., entonces Moisés nació en 1520 en la tierra de Egipto de padres israelitas (Ex 2:1-10). Escondido entre los juncos cerca de la orilla del río, la hija de faraón lo descubrió. Le pidió a la madre de Moisés que lo criara hasta que hubiera crecido lo suficiente como para llevárselo a la corte real, donde pasó los primeros 40 años de su vida.

Esteban en su discurso ante el Sanedrín (Hch 7:22) afirma que Moisés no sólo fue instruido en la ciencia y erudición de los egipcios sino que también estaba dotado de una habilidad para la oratoria y una cualidad destacada para el liderato.

El primer intento valiente de Moisés de ayudar a su gente fue un fracaso. Mató a un egipcio y huyó a Madián donde pasó un período de 40 años en aislamiento. En la tierra de Madián halló gracia en el hogar de un sacerdote llamado Jetro. Se casó con Séfora, hija de Jetro, y trabajó como pastor de los rebaños de su suegro. Confrontado por una zarza ardiente, recibió una revelación de Dios; éste le dio una comisión para que libertara a su pueblo Israel de la esclavitud egipcia (Ex 3:2). Dos señales milagrosas —la vara de Moisés se convirtió en una serpiente y su mano se puso leprosa y luego fue sanada— fueron otorgadas como prueba para verificar la autoridad divina (Ex 4:1-17)

En una serie de diez plagas Moisés y Aarón contrarrestaron los intentos de faraón de mantener a Israel en esclavitud (Ex 7:11). En su totalidad, estas plagas fueron dirigidas en contra de los dioses de Egipto, demostrando el poder de Dios tanto a los egipcios como también a los israelitas.

En la noche antes de la salida de Israel, la Pascua fue celebrada por primera vez (Ex 12:2). Para cada unidad de familia, que siguió las simples instrucciones de matar un cordero macho o cabrito de un año de vida y de aplicar su sangre sobre los postes de la puerta y el dintel de sus hogares, la ejecución del juicio divino pasaría de largo.

La ruta exacta por la cual Moisés llevó a los israelitas, que en ese entonces eran como 600.000 hombres más mujeres y niños, es difícil de determinar. Los israelitas pudieron cruzar el mar Rojo gracias a la intervención de Dios, mientras que las tropas egipcias se ahogaron. En Refidim Dios mandó a Moisés golpear la peña y ésta produjo una abundancia de agua para su pueblo (Ex 17:1-7). Enfrentado con un ataque amalequita, Moisés prevaleció en oración intercesoria con el apoyo de Aarón y Hur, mientras que Josué encabezó el ejército de Israel en una batalla victoriosa (Ex 17:8-16).

En sus tareas administrativas Moisés nombró 70 ancianos para que sirviesen bajo él de acuerdo con el consejo de Jetro. En una jornada desde Egipto de menos de tres meses, los israelitas se establecieron en los alrededores del monte Sinaí (Horeb) donde se quedaron por aprox. un año (Ex 18—19).

Como representante de su pueblo Moisés recibió la ley de Dios. Esta ley constituía el pacto de Dios con su nación recientemente liberada. Por su parte, la congregación ratificó éste pacto (Ex 20:24), el cual incluyó los Diez Mandamientos. Para que los israelitas pudieran adorar a su Dios adecuadamente, Moisés recibió instrucciones detalladas para la construcción del tabernáculo, las cuales fueron ejecutadas esmeradamente bajo la supervisión de Moisés. Al mismo tiempo la familia de Aarón, con la ayuda de los levitas, fue designada para el servicio sacerdotal y cuidadosamente equipada para su ministerio (Ex 25:40). Moisés también supervisó el censo militar y la organización de los israelitas mientras acamparon en la península de Sinaí.

Moisés no sólo tuvo que hacer frente a la murmuración de la multitud sino que también fue criticado gravemente por María y Aarón (Nm 11:12). La multitud que se quejó porque ansiaban la carne que habían comido en Egipto comió codornices hasta que se hastió debido a la abundancia que recibieron.

Aarón y María fueron humillados cuando María sufrió de una lepra pasajera.

Mientras estaban en Cades, Moisés envió a 12 representantes para espiar la tierra de Canaán (Nm 13:14). El informe de la mayoría, dado por diez espías, influyó a los israelitas a demostrar su falta de fe. Sólo Josué y Caleb recomendaron que conquistaran y ocuparan la tierra que se les había prometido. Cuando Dios propuso destruir a los israelitas rebeldes, Moises intercedió por su pueblo.

No sólo fue el liderato político de Moisés desafiado por Datán y Abiram, sino que Coré y sus seguidores contendieron por el puesto eclesiástico de Aarón y su familia. Durante el transcurso de estas rebeliones perecieron 14.000 personas en juicio divino.

Moisés perdió la entrada a la Tierra Prometida cuando golpeó la roca a la que debería haber mandado proveer agua para su pueblo (Nm 20;2). Cuando un castigo en forma de serpientes causó la muerte de muchos israelitas descontentos, Moisés construyó una serpiente de bronce que otorgaba sanidad a todos los que la miraban en obediencia (Ex 21:4-9),( comparar (Jn 3:14-16).

Anticipando que Israel ocuparía la tierra de Canaán, Moisés amonestó al pueblo que destruyeran a los habitantes idólatras. Nombró a 12 jefes de tribus para distribuir la tierra entre las tribus y les mandó proveer para los levitas 48 ciudades con áreas de pastura adecuada alrededor, diseminadas por toda Canaán. Seis de estas ciudades levitas fueron designadas ciudades de refugio adonde la gente podía huir para protección en caso de derramamiento accidental de sangre (Números 34; 35). Moisés también proveyó soluciones a problemas de herencia cuando permitió que ciertas mujeres heredaran las posesiones familiares (Nm 36;2).

La grandeza del carácter de Moisés se establece claramente en sus discursos de despedida a su amado pueblo. Aunque se le negó participar en la conquista y ocupación de la tierra, deseó lo mejor para los israelitas que estaban entrando a Canaán. Sus consejos a ellos están resumidos en los discursos que aparecen en el libro de Deuteronomio. El repasó la jornada empezando desde el monte Horeb donde Dios había hecho el pacto con Israel. Indicó especialmente los lugares donde los israelitas habían murmurado, recordándoles de su desobediencia. Con ese trasfondo Moisés los amonestó a ser obedientes. Las victorias recientes sobre los amorreos que Dios les había dado, proveyeron una base razonable que les permitía anticipar más triunfos bajo el liderato de Josué al entrar en la tierra de Canaán (Dt 1:1),(Dt 4:43).

En su segundo discurso (Dt 4:44),(Dt 28:68) Moisés enfatizó el hecho de que tanto el amor como la obediencia son fundamentales para tener una relación saludable con Dios. Después repitió los Diez Mandamientos del monte Sinaí. El amor íntegro por Dios en la vida cotidiana representaba la base que mantenía esta relación del pacto de tal manera que podían gozar de las bendiciones de Dios. Por consiguiente cada generación tenía la responsabilidad de enseñar el temor del Señor su Dios a la próxima generación por medio de preceptos y obediencia.

Al fin de la carrera de Moisés, Josué, quien ya había sido designado el líder de Israel, fue comisionado como sucesor de Moisés. En un cántico (Deuteronomio 32). Moisés expresó su alabanza a Dios, recordando cómo Dios había rescatado a Israel y cómo la había mantenido a través de la jornada por el desierto. Luego, habiendo pronunciado una bendición para cada tribu, Moisés se fue en rumbo al monte Nebo donde tuvo el privilegio de observar la tierra prometida de lejos antes de morir.

Moisés - Diccionario Alfonso Lockward

(Salvado de las aguas). El gran líder del pueblo israelita era hijo de •Amram y •Jocabed, de la tribu de •Leví (Exo 2:3). La hija de Faraón lo encontró y decidió criarlo como hijo suyo. Una hermana de M., que presenció la escena, le propuso a la princesa buscarle una nodriza. Al ser aceptada su oferta buscó a Jocabed, la madre del niño, que vino así a criarlo.

M. “fue enseñado ... en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras” (Exo 18:3-4).

vida cambió cuando tuvo un encuentro personal con Dios, quien se le apareció en la •teofanía de la zarza ardiendo. Enviado a liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto a pesar de sus excusas, Dios le dio una señal que le serviría para autenticar su misión frente a los ancianos de Israel. Así, viajó a Egipto, fue recibido por Aarón su hermano y habló al pueblo israelita, que creyó en él (Exo 4:1-31).

como Dios le había pronosticado a M., Faraón se negó a dejar ir al pueblo, por lo cual se produjeron las diez •plagas de Egipto. Tras la última de ellas, la muerte de los primogénitos, concomitante con la celebración de la •Pascua, el pueblo logró finalmente salir, llevando consigo plata y oro que pidieron a los egipcios (éx. 5 al 12). Faraón se arrepintió luego y persiguió con su ejército a los israelitas, pero Dios hizo el milagro de abrir el •mar Rojo de manera que ellos pasaran en seco; y cuando los egipcios intentaron hacer lo mismo murieron por las aguas que volvieron a su curso (éx. 13 al 15).

partir de ese momento comienza la peregrinación por el desierto, cosa planeada por Dios, que quería entrenar al pueblo en su nueva relación con él. Durante todo ese período, conocido con el nombre del éxodo, M. tuvo que ir sufriendo los problemas de la incredulidad del pueblo y, al mismo tiempo, confirmando su liderazgo sobre él. Continuamente habían quejas de diversa naturaleza. La primera fue por la falta de agua en •Mara, donde Dios mostró un árbol que M. echó sobre unas aguas amargas que habían encontrado, endulzándolas así y pudiendo el pueblo beber (Exo 16:2). Esta vez era por la falta de comida. Dios contestó dándoles el •maná. Cuando siguieron por el desierto hasta •Horeb, volvieron a quejarse por la falta de agua. Dios ordenó a M. que golpeara una peña, y de allí surgió un manantial que resolvió el problema.

pronto el pueblo se vio atacado por los amalecitas. M. subió a un monte desde el cual se dominaba el espectáculo de la batalla. Tenía en su mano su vara, la cual alzó. Aarón y •Hur tuvieron que ayudarle para mantener en alto esa vara, pues cuando eso sucedía, Israel prevalecía, hasta que por fin ganó la batalla (Exo 18:1-27). Cuando llegaron al •monte Sinaí, Dios dio a M. sus leyes, especialmente los •Diez Mandamientos.

experiencia de Sinaí fue extraordinaria. Mientras por un lado el monte humeaba y se cubría de “estruendos ... relámpagos ... sonido de la bocina”, etcétera, M. disfrutó de una especial comunicación con Dios. Luego subieron también con él Aarón y sus hijos, así como setenta ancianos de Israel “y vieron al Dios de Israel.... y comieron y bebieron” (Exo 24:15-18). Entre las leyes y estatutos que Dios dio a M. estaba la orden de construir el •tabernáculo y las vestiduras sacerdotales, cuyos detalles aparecen descritos en éx. 25 al 31.

embargo, al descender del monte, M. encontró el espectáculo de que el pueblo se había dado a la idolatría, construyendo un •becerro de oro. Indignado, rompió las piedras que contenían los Diez Mandamientos, destruyó el ídolo, e intercedió en favor del pueblo para que Dios no lo consumiera (éx. 32). A pesar de eso, construyó lo que llamó “el tabernáculo de Reunión” y lo puso fuera del campamento (éx. 35 al 40). “Y hablaba Jehová a M. cara a cara, como habla cualquiera a su compañero” (2Co 3:7]). Luego M. subió de nuevo al monte, donde tuvo otra experiencia especial con Dios y bajó trayendo dos nuevas tablas de piedra con los Diez Mandamientos.

organización del pueblo fue comenzada en Sinaí. M. llevó a cabo un censo y puso líderes sobre las tribus, indicando el orden en que marcharían por el desierto y la forma en que acamparían. Las ordenanzas acerca de todos los ritos y sacrificios que se realizaban en la adoración en el •tabernáculo vinieron acompañados de una serie de estatutos y leyes que hoy llamaríamos de carácter religioso, civil, penal, sanitario, etcétera, que representaban una verdadera revolución para la época. A pesar de estos privilegiados hechos, el pueblo continuaba quejándose a cada rato, por distintas razones. Una de ellas fue que “la gente extranjera que se mezcló con ellos tuvo un vivo deseo” de comer carne. Y se acordaban de “los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos” que comían en Egipto, diciendo estar cansados del maná (“... pues nada sino este maná ven nuestros ojos” [Num 12:2]). Dios castigó a María con lepra, que sólo sanó por la intercesión de M.

estas alturas, M. envió espías a reconocer la tierra. Al regreso, el informe de éstos fue contradictorio. Sólo Josué y •Caleb recomendaron que entraran en •Canaán, pero los otros diez espías decían lo contrario. “Entonces toda la congregación gritó, y dio voces; y el pueblo lloró aquella noche” (Num 16:1-50).

pesar de todos los precedentes, en otra ocasión el pueblo volvió a quejarse por la falta de agua, esta vez en el desierto de •Zin. Dios ordenó a M. que hablara a una peña, pero éste perdió la paciencia y en vez de hablar, lo que hizo fue que “golpeó la peña con su vara dos veces” (Jua 3:14-15).

M. dirigió a su pueblo en diversas luchas contra naciones que se opusieron al avance de Israel. Entre ellos el rey cananeo de •Arad (Num 32:1-42).

Dios decidió que había llegado la hora para la muerte de Moisés, le dio órdenes a éste para que invistiera a Josué como su sucesor (Deu 34:6).

el NT, M. es citado frecuentemente. Los israelitas decían que trataban de vivir de acuerdo a “la ley de M.” Por lo cual son frecuentes las frases “lo que ordenó M.” o “lo que mandó M.” (Heb 11:23-29]).

Moisés - Diccionario de Jerusalen

(I) EN EL AT

(A) Nombre. El nombre hebr. de M., móseh, se vuelve a encontrar en la familia levítica de músí (Núm 26,58). Su etimología es discutida. En tiempo de Filón y de Josefo se derivaba del copto (mó = agua, useh = salvar), lo cual correspondería a la etimología popular que la Biblia pone en boca de la hija del faraón (Ex 2,10: «pues yo le he sacado del agua»; cf. 2Sam 22,17).

(B) Fuentes. La Biblia sigue siendo aún nuestra única fuente de información acerca de la personalidad de Moisés. La arqueología nos hace posible, es verdad, una mejor inteligencia de los textos bíblicos; pero ni las inscripciones siropalestinenses, ni los textos cuneiformes, ni los textos jeroglíficos y hieráticos mencionan el nombre de Moisés. Los israelitas vivían todavía en aquel tiempo al margen de la historia universal. Las fuentes griegas posteriores (Eupólemos, Artapán, Pseudo-Aristóbulo, de los cuales nos transmiten algunas noticias Josefo, Filón, Clemente de Alejandría y Eusebio) no parecen ser otra cosa más que libres ampliaciones de la tradición bíblica.

Moises - Diccionario Mundo Hispano

(heb., moseheh; egipcio, mes, es sacado, engendrado). El héroe nacional que libertó a los israelitas de la esclavitud egipcia, los estableció como nación independiente y los preparó para entrar en Canaán. Si se basa el éxodo en una fecha temprana, c. de 1440 a. de J.C., entonces Moisés nació en 1520 en la tierra de Egipto de padres israelitas (Exo 2:1-10). Escondido entre los juncos cerca de la orilla del río, la hija de faraón lo descubrió. Le pidió a la madre de Moisés que lo criara hasta que hubiera crecido lo suficiente como para llevárselo a la corte real, donde pasó los primeros 40 años de su vida.

Esteban en su discurso ante el Sanedrín (Act 7:22) afirma que Moisés no sólo fue instruido en la ciencia y erudición de los egipcios sino que también estaba dotado de una habilidad para la oratoria y una cualidad destacada para el liderato.

El primer intento valiente de Moisés de ayudar a su gente fue un fracaso. Mató a un egipcio y huyó a Madián donde pasó un período de 40 años en aislamiento. En la tierra de Madián halló gracia en el hogar de un sacerdote llamado Jetro. Se casó con Séfora, hija de Jetro, y trabajó como pastor de los rebaños de su suegro. Confrontado por una zarza ardiente, recibió una revelación de Dios; éste le dio una comisión para que libertara a su pueblo Israel de la esclavitud egipcia (éxodo 3). Dos señales milagrosas —la vara de Moisés se convirtió en una serpiente y su mano se puso leprosa y luego fue sanada— fueron otorgadas como prueba para verificar la autoridad divina (Exo 4:1-17).

En una serie de diez plagas Moisés y Aarón contrarrestaron los intentos de faraón de mantener a Israel en esclavitud (éxodo 7—11). En su totalidad, estas plagas fueron dirigidas en contra de los dioses de Egipto, demostrando el poder de Dios tanto a los egipcios como también a los israelitas.

En la noche antes de la salida de Israel, la Pascua fue celebrada por primera vez (éxodo 12). Para cada unidad de familia, que siguió las simples instrucciones de matar un cordero macho o cabrito de un año de vida y de aplicar su sangre sobre los postes de la puerta y el dintel de sus hogares, la ejecución del juicio divino pasaría de largo.

La ruta exacta por la cual Moisés llevó a los israelitas, que en ese entonces eran como 600.000 hombres más mujeres y niños, es difícil de determinar. Los israelitas pudieron cruzar el mar Rojo gracias a la intervención de Dios, mientras que las tropas egipcias se ahogaron. En Refidim Dios mandó a Moisés golpear la peña y ésta produjo una abundancia de agua para su pueblo (Exo 17:8-16).

En sus tareas administrativas Moisés nombró 70 ancianos para que sirviesen bajo él de acuerdo con el consejo de Jetro. En una jornada desde Egipto de menos de tres meses, los israelitas se establecieron en los alrededores del monte Sinaí (Horeb) donde se quedaron por aprox. un año (éxodo 18—19).

Como representante de su pueblo Moisés recibió la ley de Dios. Esta ley constituía el pacto de Dios con su nación recientemente liberada. Por su parte, la congregación ratificó éste pacto (éxodo 20—24), el cual incluyó los Diez Mandamientos. Para que los israelitas pudieran adorar a su Dios adecuadamente, Moisés recibió instrucciones detalladas para la construcción del tabernáculo, las cuales fueron ejecutadas esmeradamente bajo la supervisión de Moisés. Al mismo tiempo la familia de Aarón, con la ayuda de los levitas, fue designada para el servicio sacerdotal y cuidadosamente equipada para su ministerio (éxodo 25—40). Moisés también supervisó el censo militar y la organización de los israelitas mientras acamparon en la península de Sinaí.

Moisés no sólo tuvo que hacer frente a la murmuración de la multitud sino que también fue criticado gravemente por María y Aarón (Números 11—12). La multitud que se quejó porque ansiaban la carne que habían comido en Egipto comió codornices hasta que se hastió debido a la abundancia que recibieron.

Aarón y María fueron humillados cuando María sufrió de una lepra pasajera.

Mientras estaban en Cades, Moisés envió a 12 representantes para espiar la tierra de Canaán (Números 13—14). El informe de la mayoría, dado por diez espías, influyó a los israelitas a demostrar su falta de fe. Sólo Josué y Caleb recomendaron que conquistaran y ocuparan la tierra que se les había prometido. Cuando Dios propuso destruir a los israelitas rebeldes, Moises intercedió por su pueblo.

No sólo fue el liderato político de Moisés desafiado por Datán y Abiram, sino que Coré y sus seguidores contendieron por el puesto eclesiástico de Aarón y su familia. Durante el transcurso de estas rebeliones perecieron 14.000 personas en juicio divino.

Moisés perdió la entrada a la Tierra Prometida cuando golpeó la roca a la que debería haber mandado proveer agua para su pueblo (Números 20). Cuando un castigo en forma de serpientes causó la muerte de muchos israelitas descontentos, Moisés construyó una serpiente de bronce que otorgaba sanidad a todos los que la miraban en obediencia (Joh 3:14-16).

Anticipando que Israel ocuparía la tierra de Canaán, Moisés amonestó al pueblo que destruyeran a los habitantes idólatras. Nombró a 12 jefes de tribus para distribuir la tierra entre las tribus y les mandó proveer para los levitas 48 ciudades con áreas de pastura adecuada alrededor, diseminadas por toda Canaán. Seis de estas ciudades levitas fueron designadas ciudades de refugio adonde la gente podía huir para protección en caso de derramamiento accidental de sangre (Números 34; 35). Moisés también proveyó soluciones a problemas de herencia cuando permitió que ciertas mujeres heredaran las posesiones familiares (Números 36).

La grandeza del carácter de Moisés se establece claramente en sus discursos de despedida a su amado pueblo. Aunque se le negó participar en la conquista y ocupación de la tierra, deseó lo mejor para los israelitas que estaban entrando a Canaán. Sus consejos a ellos están resumidos en los discursos que aparecen en el libro de Deuteronomio. El repasó la jornada empezando desde el monte Horeb donde Dios había hecho el pacto con Israel. Indicó especialmente los lugares donde los israelitas habían murmurado, recordándoles de su desobediencia. Con ese trasfondo Moisés los amonestó a ser obedientes. Las victorias recientes sobre los amorreos que Dios les había dado, proveyeron una base razonable que les permitía anticipar más triunfos bajo el liderato de Josué al entrar en la tierra de Canaán (Deu 4:43).

En su segundo discurso (Deu 28:68) Moisés enfatizó el hecho de que tanto el amor como la obediencia son fundamentales para tener una relación saludable con Dios. Después repitió los Diez Mandamientos del monte Sinaí. El amor íntegro por Dios en la vida cotidiana representaba la base que mantenía esta relación del pacto de tal manera que podían gozar de las bendiciones de Dios. Por consiguiente cada generación tenía la responsabilidad de enseñar el temor del Señor su Dios a la próxima generación por medio de preceptos y obediencia.

Al fin de la carrera de Moisés, Josué, quien ya había sido designado el líder de Israel, fue comisionado como sucesor de Moisés. En un cántico (Deuteronomio 32). Moisés expresó su alabanza a Dios, recordando cómo Dios había rescatado a Israel y cómo la había mantenido a través de la jornada por el desierto. Luego, habiendo pronunciado una bendición para cada tribu, Moisés se fue en rumbo al monte Nebo donde tuvo el privilegio de observar la tierra prometida de lejos antes de morir.

Moisés - Diccionario Pastoral

Protagonista del éxodo: nacido en Egipto de familia levítica (Éx 2,1; 6,16), salvado de las aguas por la hija del faraón (Éx 1,10; Sap 18,5), educado en la sabiduría egipcia (He 7,22); elegido por Dios para liberar al pueblo (Éx 3,1-3,18; 5,1-2), lo condujo durante cuarenta años por el desierto (Éx 15,22-18,27; Núm 11-14; 20); recibió la ley o decálogo (Éx 19-24); codificó las normas rituales y sociales (cfr. Lev 1,1; 4,1; 26,46; 27,34; Núm 1,1; 36,13; Dt 1,1; 5,1; 32,45); es considerado por la tradición autor de la ley mosaica, Torá o Pentateuco (cfr. Dt 31,9.24; Jos 1,7.13; 23,6; 2Re 14,6; Mt 19,9; Mc 10,3; Gv 8,5); murió en el monte Nebo a los 120 años (34,1-5).

Moisés - Dicionario Biblico Adventista

Moisés (heb. y aram. Môsheh [tal vez del verbo heb. mâshâh, 'sacar fuera'], 'uno sacado' [de las aguas]; quizá basado en el egip. mÑ o mÑw, 'niño', 'hijo', 'el nacido de' ; gr. MÇuses). Los egipcios incorporaron la palabra mÑw, 'mosis', en nombres reales como Amosis, 'el nacido de Ah' (la diosa luna); Kamosis, 'el nacido de(l alma deificada de) Ka'; Tutmosis, 'el nacido de Tot' (dios escriba); y el nombre común Ramosis (más tarde Ramsés), 'el nacido de Ra' (el dios sol). En la vida diaria, estos nombres se abreviaban con frecuencia: 'Mosis'. En forma similar, el nombre original que la hija de Faraón le dio a Moisés habría incluido el de alguna deidad del país. Como los egipcios adoraban al Nilo, que deificaban como 'Hapi' (Hpy; y que comúnmente llamaban 'trw, más tarde 'Irw), la princesa lo habría llamado Hapimosis o Irumosis, pues ambos significan 'el nacido (o sacado) del Nilo'. Cuando Moisés 'rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón' (), naturalmente eliminó la referencia a un dios egipcio. El libertador del pueblo hebreo de la esclavitud egipcia, su líder durante la peregrinación por el desierto, su gran legislador y el autor del Pentateuco. Moisés pasó los primeros 40 años de su vida muy posiblemente bajo los reyes de la dinastía 18ª; Tutmosis I (c 1542-c 1524 a.C.) y Tutmosis II (c 1524-c 1504 a.C.), y la reina Hatshepsut (c 1504-c 1486 a.C.), una hija de Tutmosis I, que, sobre la base de la cronología sugerida aquí, sin duda es la 'hija de Faraón' mencionada en -10 En ese caso, Moisés habría presenciado el ascenso de Egipto a la cumbre de su poder político. Bajo 799 Tutmosis III, cuyo reinado (c 1486-c 1450 a.C.) habría abarcado los 40 años durante los cuales Moisés peregrinó en Madián, el Imperio Egipcio se extendía desde las mesetas abisinias en el sur hasta el Eufrates en el noreste. Se desarrolló un extenso comercio, y las riquezas fluían de los países extranjeros para sostener los grandes proyectos de los faraones. La vida cultural llegó un alto nivel, las artesanías y la arquitectura estaban muy avanzadas, y la astronomía, las matemáticas y la medicina florecían. Egipto tenía razón para jactarse de ser el país más poderoso y civilizado de su época. 360. Moisés y la zarza ardiente, una pintura mural encontrada en la sinagoga de Dura Europos (s III d. C.; véase el Mapa XIII, C-5). Moisés fue hijo de Amram y Jocabed, descendiente de Leví, de la 4ª generación (-20), de la familia de Coat (vs 18-20). Su hermano Aarón tenía 3 años más que él (7:7), y una hermana, María, también era mayor (15:20; cƒ 2:6, 7). Cuando nació Moisés los hijos de Israel ya estaban en Egipto unos 135 años (véase ; 21:5; 25:26; 47:9; ; 34:7; ; cƒ ; 12:40, 41; Gá. 3:16, 17). Jacob había muerto hacia unos 118 años (), y José, unos 64 años (50:22; 41:46, 47, 54; 45:6; 47:9). Con el criterio de un éxodo en el 1445 a.C., Moisés debió haber nacido en el 1525 a.C. (cƒ ). Sobre la misma base, cuando los hebreos entraron en Egipto, los reyes hicsos, racialmente emparentados y amistosos, gobernaban el país. Sin embargo, a comienzos del s XVI a.C., unos 50 ó 60 años antes del nacimiento de Moisés, fueron expulsados por una dinastía egipcia nativa, la 17ª. Alrededor del 1590 a.C. surgió la poderosa dinastía 18ª, uno de cuyos primeros reyes, tal vez Amosis o Amenhotep I, fue probablemente el 'nuevo rey que no conocía a José' mencionado en Los hebreos se habían multiplicado rápidamente hasta que 'se llenó de ellos la tierra' y llegaron a ser un pueblo 'mayor y más fuerte' que los egipcios, o por lo menos así pensaron éstos (1:7-9). Como los hebreos eran numéricamente fuertes, y porque los egipcios necesitaban con urgencia mano de obra barata para sus enormes proyectos de construcción, no es extraño que los reyes de esta nueva dinastía establecieran la política de mantenerlos sujetos con trabajos forzados (vs 10-14). No se sabe cuánto antes del nacimiento de Moisés fueron puestos a construir 'las ciudades de almacenaje, Pitón y Ramesés' (v 11) y les 'hicieron servir... con dureza' (vs 12-14). Pero cuanto más los oprimían, 'tanto más se multiplicaban y crecían' (v 12), y los esfuerzos para frenar el rápido aumento de población fueron totalmente ineficaces. Al principio, los egipcios se propusieron amargar 'su vida con dura servidumbre' (v 14), pero cuando esto no dio el resultado esperado, ordenaron a las parteras hebreas que mataran a todos los hijos varones que nacieran (vs 15, 16). Sin embargo, ellas no cumplieron estas órdenes de Faraón, dando como excusa que las mujeres israelitas eran más vigorosas que las egipcias y que no necesitaban los servicios de las parteras (v 19). Entonces Faraón ordenó que los egipcios tomaran en sus manos la exterminación de los mitos hebreos y los arrojaran al Nilo para ahogarlos (v 22). Pero en vista de la cantidad de hombres físicamente capaces que hubo 80 años más tarde, parecería que esta cruel medida no entró en vigor o no estuvo en vigencia por mucho tiempo. Véase Cronología (II, B). Al nacer Moisés, los padres reconocieron que 'era hermoso' (). Sus esfuerzos por conservarlo con vida se mencionan como un acto de fe (), lo que tal vez implique una percepción de que Dios tenía previsto para él un importante papel. Al acostar a Moisés en un arca de juncos y ponerlo en el Nilo, Jocabed estaba cumpliendo con la letra de la ley que exigía que los hijos varones fueran ofrecidos como sacrificio al río, al que los egipcios adoraban como dios, en la suposición de que sus aguas tenían poder para impartir fertilidad y garantizar una larga vida. La visita de la hija de Faraón para 'lavarse' en 800 361. Estatua de Moisés esculpida por Miguel Ángel (Iglesia de San Pedro in Vincoli, Roma). 801 sus aguas habría estado motivada por el deseo de hacer abluciones rituales destinadas a obtener los supuestos beneficios para sí misma. La aparición de Moisés flotando en su pequeña cesta como si fuera un don del dios Nilo en respuesta a sus oraciones, aparentemente la impresionaron como un feliz augurio. La princesa tomó al niño como hijo propio, y contrató a la propia madre de Moisés como su nodriza. La educación hogareña inculcó en el niño el amor a Dios y el sentido de la misión de su vida (cf ). Bajo los tutores reales egipcios, y sin duda como un príncipe real y presunto heredero del trono, Moisés fue instruido 'en toda la sabiduría de los egipcios' (v 22). Bajo los sacerdotes llegó a dominar las letras, la literatura, las ciencias y la religión; bajo los comandantes del ejército obtuvo la habilidad para el mando militar; y de otros oficiales reales el conocimiento de las leyes y de la administración civil. Algunos han sugerido que Moisés pudo haber dirigido algunas expediciones militares a países extranjeros. Como presunto heredero, sin duda fue popular en la corte, como también en el ejército y entre la población común. Su aspecto exterior, su vestido, su conversación, su conducta y su cultura pudieron haber sido completamente egipcios, pero su corazón nunca llegó a serlo. Su carácter, su religión y su lealtad siguieron siendo hebreos, como resulta evidente de los incidentes registrados en -13 (cf , 25). Cuando llegó a los 40 () -c 1485 a.C.- Moisés supo que había llegado el momento de escoger entre su fe hebrea y el trono de Egipto. La profunda lealtad a Dios (-26) y la percepción del propósito divino para su vida () lo condujeron a echar su suerte con su propio pueblo y ser 'maltratado' con ellos antes que 'gozar de los deleites temporales del pecado' (). En vista de que rehusara adoptar la religión egipcia, sin duda habrá despertado preocupación en la mente de sus benefactores. Tal vez por miedo a que pudiera tomar el trono, los sacerdotes de Amón, en una rebelión del templo varios años antes, habían puesto en el trono a un hijo ilegítimo de Tutmosis II, el fallecido esposo de Hatshepsut, y habían obligado a la reina a aceptar a este príncipe como corregente. El nuevo rey adoptó como nombre real el de su padre y se lo conoce en la historia como Tutmosis III. En tales circunstancias, habría odiado en forma especial a Moisés, en quien podía ver a su mayor rival, lo que tal vez pudo apresurar la decisión de Moisés de echar su suerte con sus despreciados, conciudadanos e intentar liberarlos de la opresión egipcia. Actuando en forma precipitada, mató a un capataz egipcio (, 12), y por ese acto necio se puso en las manos de sus enemigos, tal vez Tutmosis III en particular, quien ahora tenía una razón legítima para llevarlo a juicio y destruirlo. Es muy posible que éstas fueran las circunstancias que condujeron a Moisés a huir de Egipto y a encontrar refugio en la tierra de Madián,* al este (v 15). Como los madianitas eran descendientes de Abrahán y Cetura (, 2), Moisés estuvo con parientes durante sus 40 años de peregrinación, algunos de los cuales todavía adoraban al Dios verdadero. Entre ellos estaba Jetro, un sacerdote de Jehová (cf , 12, 23). Jetro también figura con el nombre de Reuel (2:16-18), que significa 'amigo de Dios'. Su hospitalaria recepción indujo a Moisés a entrar a su servicio, y con el tiempo su hija Séfora llegó a ser su esposa (vs 18-21). Jetro era un hombre de buen juicio, como se aprecia por el consejo que más tarde le dio a su yerno (18:12-27). Durante los 40 años que pasó en la región sur de la Península del Sinaí, sin duda Moisés se familiarizó con la geografía, los recursos y el clima de esa región desértica. Al conducir los rebaños de Jetro en medio de la solemne grandeza de las montañas, tuvo tiempo suficiente para reflexionar sobre sus experiencias pasadas. El Psa_90, que se atribuye a Moisés, refleja sus pensamientos, tal vez hacia el fin de su peregrinación en Madián. Si es así, la interpretación siguiente parecería apropiada: Los versículos iniciales de este salmo parecen reflejar la soledad montañosa de Sinaí y la majestad de Dios, en contraste con la fragilidad humana en general y de los grandes errores de su propia vida (vs 7, 8). Sabiendo que la Providencia le había señalado un papel (), sin duda reflexionó que su acto impetuoso de matar al egipcio había frustrado el propósito de Dios y distorsionado el plan divino para su propia vida. Ya había pasado la marca de los 'setenta años' y se estaba aproximando a la de 'ochenta' (, 10), pero con su gran chasco en la mente, oró a Dios para que le enseñara a 'contar' sus días para poder aplicar su corazón a la 802 sabiduría (v 12). Todavía tenía fe en las promesas de Dios a los padres y esperaba su cumplimiento. Sus pensamientos se volvieron luego a sus hermanos sufrientes en Egipto (vs 13, 14) y oró por su liberación (vs 15, 16). Finalmente, suplicó a Dios que la obra de sus manos fuera confirmada, que su vida no fuese totalmente en vano (v 17). Probablemente en la época en que se hacía estas reflexiones se le apareció Dios en una zarza ardiendo y le encargó que volviera a Egipto para liberar a los hebreos (-10). Recordando la amenaza contra su vida, sintiendo su insuficiencia para esa tarea (v 11), temeroso de que su pueblo no lo aceptara y dudando de su capacidad para persuadir a Faraón para que los dejara salir, Moisés vaciló en aceptar el llamado (vs 11, 13; 4:1). Pero Dios, con toda paciencia, le eliminó esas aparentes dificultades una por una, y Moisés finalmente aceptó la tarea con poco entusiasmo (vs 1-19). En camino de vuelta a Egipto se encontró con Aarón, a quien Dios había enviado al desierto para encontrarse con él, y juntos regresaron y se reunieron con los ancianos de Israel (vs 20-31) antes de presentarse a Faraón (que habría sido Amenhotep II de acuerdo con la cronología sugerida por este Diccionario; véase la fig 214). Su primera audiencia con Faraón (5:1-3) sólo consiguió empeorar la situación de los hebreos (vs 4-19). Diez plagas cayeron sobre el país antes que el rey cambiara de idea. Con la última, la muerte de los primogénitos, Faraón llamó a Moisés de noche y le dio la orden de que los hebreos salieran del país (12:29-32). Bajo la conducción divina, Moisés sacó a Israel de la tierra de servidumbre (-22). Después de varias crisis y liberaciones providenciales, Moisés y el pueblo hebreo llegaron al monte Sinaí (19:1, 2; fig 471). Sobre el monte, recibió directamente las instrucciones de Dios para el establecimiento de la nación de los hebreos como una teocracia (-11; 33:11, 17-23; 34:5-29; etc.), incluyendo la ley básica de los Diez Mandamientos, que también fueron presentados en forma oral ante la congregación (20:1-18) y más tarde escritos sobre 2 tablas de piedra y conservados en el arca (31:18; 34:1-4; -5). Como vocero de Dios, dirigió al pueblo a la relación del pacto que constituía a Israel como una teocracia (-8; 24:3-8). Dios entonces llamó a Moisés para encontrarse con él sobre el monte (24:12), donde le reveló los planos completos para la construcción del tabernáculo, que había de ser el lugar de su morada como su Rey (cps 25-31), y al mismo tiempo le dio las 2 tablas de la Ley (31:18). En su ausencia el pueblo erigió un becerro de oro, que estaban adorando cuando regresó (32:1-6). Viendo su idolatría, quebró las 2 tablas de piedra (vs 15-19). El Señor le había revelado la idolatría de Israel y le había propuesto rechazarlo y cumplir sus propósitos mediante él mismo (vs 7-10), pero Moisés demostró su estatura como líder intercediendo fervorosamente en favor de Israel, y Dios los perdonó (vs 11-14). Después de haber castigado adecuadamente al pueblo (vs 30-35), Moisés una vez más buscó a Dios, quien le prometió: 'Mi presencia irá contigo, y te daré descanso' (33:12-17). A su pedido, y como señal de la presencia de Dios entre ellos, se le permitió tener una vislumbre de la gloria divina (33:17-34:9). Durante otros 40 días en el monte (34:1, 2, 28; ), recibió instrucciones adicionales para el gobierno de Israel y las segundas tablas de piedra (Exo_34). Al descender al campamento, su rostro estaba radiante de la gloria divina, y la gente temía acercarse a él (vs 29-35). Durante los restantes meses que estuvieron en el Sinaí, construyeron el tabernáculo (cps 36-39), y posiblemente en ese mismo tiempo escribió las instrucciones que Dios le había dado. Después de aproximadamente un año junto al monte Sinaí, durante el cual Israel se constituyó en nación, se codificaron sus leyes, se construyó el tabernáculo y se organizó el culto; luego Israel salió hacia Canaán (-13). Poco tiempo después, María y Aarón desafiaron el liderazgo de Moisés (12:1, 2) pero el Señor lo vindicó claramente como su portavoz designado afligiendo con lepra temporaria a María (vs 4-15). En Cades, por causa de un desalentador informe sobre la tierra de Canaán, la gente se rebeló contra Moisés y propuso regresara Egipto (14:1-4). Esta era la 10a rebelión desde la salida de Egipto (v 22). Por causa de su fracaso, los hombres de esa generación fueron condenados a morir en el desierto (vs 29-35), y durante los siguientes 38 años () la gente acampó en diversos lugares en la región de Cades-barnea y el extremo norte del Golfo de Aqaba. En Cades, casi 38 años más tarde, Moisés y Aaron pecaron, golpeando impetuosamente la roca en contra de las indicaciones de Dios, con lo que distorsionaron la lección que el agua milagrosa debía enseñar. Como resultado, se les negó el privilegio de introducir a Israel en la tierra prometida (-12). Moisés condujo al pueblo alrededor de Edom, en la conquista de la Transjordania (vs 14-21), y finalmente al último campamento en Sitim, frente a Jericó, que estaba del otro lado del Jordán (cf 22:1; 803 25:1). Mientras estuvieron acampados allí, presentó una serie de discursos en los que repasó las providencias de Dios durante los pasados 40 años, destacando lecciones de esas experiencias y repitiendo las leyes que Dios le había revelado para el pueblo. Esos 4 discursos están registrados en el libro de Deuteronomio.* Durante el tiempo que estuvieron acampados en Sitim, Moisés designó a Josué como su sucesor (-23; ), y poco antes de su muerte lo llevó al tabernáculo para recibir su responsabilidad del Señor (, 23). Luego, por indicación de Dios, ascendió el monte Nebo, donde contempló la tierra prometida (fig 378) y murió a la edad de 120 años (-52; 34:7). Dios lo enterró allí (v 6), lo llamó del lugar donde descansaba (Jud_9), y más tarde lo honró con Elías sobre el monte de la Transfiguración (, 4). La gran capacidad literaria de Moisés es evidente por la cantidad y variedad de sus escritos. En el Génesis contó la historia del mundo desde la creación hasta la muerte de José. En Éxodo y en partes de Números y Deuteronomio conservó un registro del éxodo de Egipto y de los eventos más importantes en el camino hasta Canaán. En los últimos capítulos de Éxodo registró los detalles de la construcción del tabernáculo, y en Levítico describió los reglamentos del servicio sagrado. En Éxodo (cps 20-24), Levítico (18-20; 24:10-23) y partes de Deuteronomio escribió las leyes civiles que Dios le había dado para Israel. También fue un poeta consumado (-19; cf Psa_90). Pero más que un escritor; fue uno de los grandes líderes y administradores de todos los tiempos. Bajo la dirección de Dios, organizó a Israel como nación y la guió con seguridad desde Egipto hasta las fronteras de Canaán. Le dio sus instituciones civiles, judiciales y religiosas. Como profeta () fue favorecido con comunicaciones especiales de Dios durante 40 años y gozó de privilegios que ningún otro hombre tuvo. En no pequeño grado los grandes logros de la nación hebrea fueron el resultado del carácter, de la personalidad y de la vida consagrada de Moisés, que, por sobre todos los demás dirigentes, unificó sus familias y tribus para formar el pueblo escogido de Dios. Abrahán fue el padre de Israel, pero Moisés fue el fundador y legislador de la nación. Como legislador y líder, Moisés sobrepasó a todos los hombres de la antigüedad, pero a pesar de sus talentos superiores fue'muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra' ().

Moisés - Diccionario Perspicacia

(Sacado [es decir, salvado del agua]).

“Hombre del Dios verdadero” que fue caudillo de la nación de Israel, mediador del pacto de la Ley, profeta, juez, comandante, historiador y escritor. (Esd 3:2.) Nació en Egipto en el año 1593 a. E.C. Fue hijo de Amram, nieto de Qohat y bisnieto de Leví. Su madre Jokébed era hermana de Qohat. Moisés tenía tres años menos que su hermano Aarón, mientras que su hermana Míriam era unos cuantos años mayor que ellos. (Éx 6:16, 18, 20; 2:7.)

Primera etapa de su vida en Egipto. Moisés era un niño “divinamente hermoso” que se salvó del genocidio que decretó Faraón cuando ordenó la muerte de todo varón hebreo recién nacido. Su madre lo tuvo escondido durante tres meses y luego lo colocó en un arca de papiro y lo dejó en el río Nilo, donde lo encontró la hija de Faraón. Gracias al ingenio de la madre y la hermana de Moisés, su propia madre consiguió criarlo y educarlo debido a que la tomó a su servicio la hija de Faraón, quien adoptó al niño como si fuese suyo. Como miembro de la casa de Faraón, se le ‘instruyó en toda la sabiduría de los egipcios’ y se hizo “poderoso en sus palabras y hechos”, expresión que probablemente se refiriese tanto a sus facultades mentales como físicas. (Éx 2:1-10; Hch 7:20-22.)

A pesar de esa posición favorecida y de las oportunidades que se le ofrecían en Egipto, Moisés se sentía ligado al pueblo de Dios, que entonces estaba en esclavitud. De hecho, esperaba que Dios se valiese de él para liberarlo. A los cuarenta años, mientras observaba las cargas que llevaban sus hermanos hebreos, vio a un egipcio golpear a un hebreo. En un intento por defender al israelita, mató al egipcio, y luego lo escondió en la arena. En ese preciso momento tomó la decisión más importante de su vida: “Por fe Moisés, ya crecido, rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón, escogiendo ser maltratado con el pueblo de Dios más bien que disfrutar temporalmente del pecado”. De este modo rechazó el honor y los bienes materiales de que pudiera haber disfrutado como miembro de la casa del poderoso Faraón. (Heb 11:24, 25.)

En realidad, Moisés creía que había llegado el momento en que iba a poder salvar a los hebreos. Pero ellos no apreciaron su esfuerzo, y cuando Faraón se enteró de la muerte del egipcio, Moisés tuvo que huir de Egipto. (Éx 2:11-15; Hch 7:23-29.)

Cuarenta años en Madián. Moisés hizo un largo viaje a través del desierto hasta Madián, donde buscó refugio. Allí, al lado de un pozo, volvió a ponerse de manifiesto el valor y la solicitud que tenía para actuar con firmeza a favor de los que padecen injusticias. Cuando los pastores echaron a las siete hijas de Jetró y a su rebaño, Moisés libró a las mujeres y abrevó el rebaño. Como resultado, se le invitó a la casa de Jetró, donde trabajó para este como pastor de sus rebaños, y finalmente se casó con una de sus hijas, Ziporá, quien le dio dos hijos, Guersón y Eliezer. (Éx 2:16-22; 18:2-4.)

Preparación para servicio futuro. Aunque el propósito de Dios era liberar a los hebreos mediante Moisés, no había llegado Su debido tiempo; además Moisés tampoco estaba preparado para encargarse del pueblo de Dios. Tenía que pasar por otros cuarenta años de preparación. A fin de reunir los requisitos para dirigir al pueblo de Dios, debía desarrollar cualidades como la mansedumbre, la humildad, la gran paciencia, la apacibilidad de genio y el autodominio, y debía aprender a confiar en Jehová a un grado mayor. Tenía que prepararse para evitar el desánimo y la desilusión y resistir dificultades, así como para tratar con bondad, calma y determinación la multitud de problemas que se presentarían en una gran nación. Tendría ya la dignidad, confianza y aplomo propios de un miembro de la casa de Faraón, así como dotes de organización y mando, pero la humilde ocupación de pastor en Madián le permitió desarrollar otras cualidades que aún serían más importantes para su futura comisión. También a David se le sometió a una rigurosa preparación, aun después de que Samuel lo ungió, y Jesucristo fue probado para perfeccionarlo como Rey y Sumo Sacerdote para siempre. “[Cristo] aprendió la obediencia por las cosas que sufrió; y después de haber sido perfeccionado vino a ser responsable de la salvación eterna para todos los que le obedecen.” (Heb 5:8, 9.)

Su nombramiento como libertador. Hacia el fin de su estancia de cuarenta años en Madián, Moisés estaba pastoreando el rebaño de Jetró cerca del monte Horeb, cuando se sorprendió al ver una zarza que ardía sin consumirse. Al acercarse para inspeccionar aquel extraño fenómeno, el ángel de Jehová le habló desde las llamas y le reveló que había llegado el momento para que Dios liberara a Israel de la esclavitud, por lo que le comisionó para que fuera en su nombre memorial: Jehová. (Éx 3:1-15.) De modo que Dios nombró a Moisés profeta y representante suyo, y entonces se le podía llamar correctamente “ungido”, “Mesías” o el “Cristo”, como en Hebreos 11:26. Por medio del ángel, Jehová proveyó las credenciales que Moisés podía presentar a los hombres de mayor edad de Israel. Estas consistían en tres milagros que servirían de señales. Esta es la primera vez que leemos en las Escrituras sobre un humano que haya recibido poder para hacer milagros. (Éx 4:1-9.)

La falta de confianza en sí mismo no descalificó a Moisés. Sin embargo, Moisés demostró falta de confianza en sí mismo, y arguyó que no podía hablar con fluidez. Este era un Moisés cambiado, bastante diferente del que por propia voluntad se había ofrecido como libertador de Israel cuarenta años antes. Persistió en señalar inconvenientes en lo que Jehová le decía, y finalmente le pidió que le excusara de aquella misión. Aunque Jehová se molestó por esta actitud, no lo rechazó, sino que designó a su hermano Aarón para que fuese su portavoz. Como Moisés era el representante de Dios, sería para Aarón como “Dios”, y Aarón hablaría en representación suya. Parece ser que con ocasión del encuentro que tuvieron con los hombres de mayor edad de Israel y los enfrentamientos con Faraón, Dios dio instrucciones y mandatos a Moisés, quien a su vez se los comunicó a Aarón para que hablara ante Faraón (un sucesor del Faraón del que había huido Moisés cuarenta años antes). (Éx 2:23; 4:10-17.) Posteriormente, Jehová llamó a Aarón “profeta” de Moisés, queriendo decir que así como Moisés era el profeta de Dios, dirigido por Él, de manera similar Aarón sería dirigido por Moisés. También le dijo a Moisés que sería hecho “Dios para Faraón”, es decir, que recibiría poder divino y autoridad sobre Faraón, de modo que no tenía por qué temer al rey de Egipto. (Éx 7:1, 2.)

Debido a que Moisés no estuvo dispuesto a aceptar la inmensa tarea de ser el libertador de Israel, Dios lo censuró, pero no canceló su asignación. Moisés no había vacilado debido a su edad avanzada, aunque ya tenía ochenta años de edad. Cuarenta años más tarde, a la edad de ciento veinte años, aún conservaba todo su vigor y agudeza mental. (Dt 34:7.) Durante los cuarenta años que pasó en Madián, tuvo mucho tiempo para meditar, y se dio cuenta del error que había cometido al intentar liberar a los hebreos por su propia cuenta. Entonces comprendía su insuficiencia, de modo que debió ser para él una gran sorpresa el que de súbito se le ofreciera este cometido después de tanto tiempo desligado de toda actividad pública.

Más adelante la Biblia nos dice: “El hombre Moisés era con mucho el más manso de todos los hombres que había sobre la superficie del suelo”. (Nú 12:3.) Como persona mansa, reconoció que solo era un ser humano, con sus imperfecciones y debilidades. No se presentó como el caudillo indiscutido de los israelitas. No tuvo temor de Faraón, sino una clara conciencia de sus limitaciones.

Ante Faraón en Egipto. Moisés y Aarón eran entonces figuras clave de una ‘batalla de dioses’. Por mediación de los sacerdotes magos, cuyos jefes eran al parecer Janes y Jambres (2Ti 3:8), Faraón invocó los poderes de todos los dioses de Egipto contra el poder de Jehová. El primer milagro que realizó Aarón ante Faraón por instrucción de Moisés demostró la supremacía de Jehová sobre los dioses de Egipto, aunque Faraón se hizo más obstinado. (Éx 7:8-13.) Más tarde, cuando llegó la tercera plaga, incluso los sacerdotes tuvieron que admitir: “¡Es el dedo de Dios!”. Y la plaga de diviesos los afectó tanto, que ni siquiera pudieron comparecer ante Faraón para oponerse a Moisés durante esa plaga. (Éx 8:16-19; 9:10-12.)

Las plagas ablandan a unos y endurecen a otros. Moisés y Aarón anunciaron cada una de las diez plagas. Las plagas se produjeron según se habían anunciado, lo que demostró que Moisés era el representante de Dios. El nombre de Jehová se declaró y divulgó por todo Egipto, ablandando a unos y endureciendo a otros con respecto a ese nombre: los israelitas y algunos egipcios se ablandaron, y Faraón, sus consejeros y partidarios se endurecieron. (Éx 9:16; 11:10; 12:29-39.) En vez de creer que habían ofendido a sus dioses, los egipcios sabían que era Jehová el que estaba juzgando a sus dioses. Para cuando ya se habían ejecutado nueve plagas, Moisés también se había hecho “muy grande en la tierra de Egipto, a los ojos de los siervos de Faraón y a los ojos del pueblo”. (Éx 11:3.)

Asimismo, hubo un cambio notable en los hombres de Israel. Al principio habían aceptado las credenciales de Moisés, pero cuando se les impuso condiciones de trabajo más duras por orden de Faraón, se quejaron contra él hasta el punto de que Moisés, desalentado, pidió ayuda a Jehová. (Éx 4:29-31; 5:19-23.) El Altísimo lo fortaleció diciéndole que había llegado el momento de realizar lo que Abrahán, Isaac y Jacob habían esperado, a saber, revelar completamente el significado de su nombre Jehová libertando a Israel y estableciéndolo como una gran nación en la Tierra Prometida. (Éx 6:1-8.) Ni siquiera entonces escucharon a Moisés los hombres de Israel. Pero después de la novena plaga, estuvieron totalmente de su lado, y cooperaron de tal modo que después de la décima plaga pudo organizarlos y sacarlos de Egipto de una manera ordenada, “en orden de batalla”. (Éx 13:18.)

Se necesitó valor y fe para enfrentarse a Faraón. Moisés y Aarón estuvieron a la altura de las circunstancias gracias a la fuerza que recibieron del espíritu de Jehová. Solo hay que pensar en el esplendor de la corte de Faraón, el rey de la potencia mundial indiscutida de aquel tiempo. Tenían ante sí al altivo Faraón, de quien se decía que era un dios, con su séquito de consejeros, comandantes militares, guardas y esclavos, y también a los líderes religiosos, los sacerdotes magos, sus principales opositores. Estos hombres eran, aparte del mismo Faraón, los más influyentes del imperio. Todo este impresionante despliegue tenía el propósito de respaldar a Faraón en apoyo de los dioses de Egipto. Y Moisés y Aarón se presentaron ante Faraón, no solo una vez, sino varias veces. El corazón de Faraón se endurecía cada vez más, porque estaba resuelto a no perder a sus valiosos esclavos hebreos. Tanto fue así, que después de anunciar la octava plaga, a Moisés y Aarón se les echó de delante de Faraón, y después de la novena plaga, se les ordenó que no intentaran ver de nuevo el rostro de Faraón bajo pena de muerte. (Éx 10:11, 28.)

Con este cuadro presente, se entiende mejor que Moisés pidiera repetidamente a Jehová seguridad y fuerza. Pero debe notarse que nunca dejó de cumplir al pie de la letra las órdenes de Jehová. Nunca quitó ni una sola palabra de todo lo que Jehová le mandó decir a Faraón. El liderazgo de Moisés se aceptó sin discusión, pues dice el registro que al tiempo de la décima plaga, “todos los hijos de Israel hicieron tal como Jehová había mandado a Moisés y Aarón. Hicieron precisamente así”. (Éx 12:50.) Moisés es un ejemplo de fe sobresaliente para los cristianos. El apóstol Pablo dice de él: “Por fe dejó a Egipto, pero sin temer la cólera del rey, porque continuó constante como si viera a Aquel que es invisible”. (Heb 11:27.)

Antes de la décima plaga, Moisés tuvo el privilegio de instituir la Pascua. (Éx 12:1-16.) En el mar Rojo tuvo que hacer frente a más quejas de los israelitas, quienes se creían atrapados y a punto de ser aniquilados. Pero expresó la fe de un caudillo verdadero bajo la poderosa mano de Jehová, asegurándoles que Jehová destruiría al ejército egipcio que los perseguía. Parece ser que durante esta crisis clamó a Jehová, pues se le dijo: “¿Por qué sigues clamando a mí?”. Luego Dios le mandó que alzara su vara y extendiera su mano sobre el mar para partirlo. (Éx 14:10-18.) Siglos más tarde, el apóstol Pablo dijo con referencia al paso de Israel por el mar Rojo: “Nuestros antepasados todos estuvieron bajo la nube y todos pasaron por el mar y todos fueron bautizados en Moisés por medio de la nube y del mar”. (1Co 10:1, 2.) Jehová efectuó aquel bautismo. Para librarse de sus perseguidores asesinos, los antepasados judíos tuvieron que unirse a Moisés como cabeza y seguir su acaudillamiento mientras este los conducía a través del mar. De este modo, toda la congregación de Israel fue de hecho sumergida en el libertador y caudillo Moisés.

Mediador del pacto de la Ley. Al tercer mes del éxodo de Egipto, Jehová demostró ante Israel la gran autoridad y responsabilidad que había conferido a su siervo Moisés, así como la íntima relación que existía entre ellos. Ante todo el pueblo de Israel, reunido al pie del monte Horeb, Jehová llamó a Moisés a la montaña y habló con él por medio de un ángel. En una ocasión se otorgó a Moisés un privilegio excepcional, tal vez la experiencia más imponente que jamás haya tenido hombre alguno antes de la venida de Jesucristo. En lo alto de la montaña, a solas, Jehová le dio una visión de su gloria, puso su “palma” sobre Moisés como protección, permitiéndole ver su “espalda”, lo que debió ser el resplandor que quedaba después de la manifestación divina de su gloria. Luego habló con él personalmente, por decirlo así. (Éx 19:1-3; 33:18-23; 34:4-6.)

Jehová le dijo a Moisés: “No puedes ver mi rostro, porque ningún hombre puede verme y sin embargo vivir”. (Éx 33:20.) Siglos más tarde, el apóstol Juan escribió: “A Dios ningún hombre lo ha visto jamás”. (Jn 1:18.) El mártir cristiano Esteban dijo a los judíos: “Este [Moisés] es el que llegó a estar entre la congregación en el desierto, con el ángel que le habló en el monte Sinaí”. (Hch 7:38.) De modo que un ángel representó a Jehová en la montaña. No obstante, la gloria de Jehová manifestada por su representante angélico fue de tal magnitud, que ‘la tez del rostro de Moisés emitía rayos’, de modo que los hijos de Israel no podían mirarlo. (Éx 34:29-35; 2Co 3:7, 13.)

Dios nombró a Moisés mediador del pacto de la Ley con Israel, una posición íntima como la que ningún hombre ha ocupado nunca ante Dios, a excepción de Jesucristo, el Mediador del nuevo pacto. Con la sangre de sacrificios animales, Moisés salpicó el libro del pacto, que representaba a Jehová como “un pactante”, y al pueblo (sin duda a los ancianos que representaban al pueblo), como el otro “pactante”. Leyó el libro del pacto al pueblo, y ellos contestaron: “Todo lo que Jehová ha hablado estamos dispuestos a hacerlo, y a ser obedientes”. (Éx 24:3-8; Heb 9:19.) En su calidad de mediador, tuvo el privilegio de supervisar la construcción del tabernáculo y la fabricación de los utensilios según el modelo que Dios le había dado, así como de efectuar la ceremonia de instalación del sacerdocio, con la unción del tabernáculo y del sumo sacerdote Aarón con un aceite de una composición especial. Luego supervisó los primeros servicios oficiales del sacerdocio recién dedicado. (Éx 25–29; Le 8, 9.)

Un mediador adecuado. Moisés subió varias veces al monte Horeb, y en dos ocasiones permaneció allí cuarenta días y cuarenta noches. (Éx 24:18; 34:28.) La primera vez volvió con dos tablas de piedra “en las que el dedo de Dios había escrito”, y que contenían las “Diez Palabras” o Diez Mandamientos, las leyes básicas del pacto de la Ley. (Éx 31:18; Dt 4:13.) En esta primera ocasión demostró tener las aptitudes necesarias para ser el mediador entre Jehová e Israel y para ser el caudillo de esa gran nación, compuesta quizás de tres millones de personas o más. Mientras Moisés estaba en la montaña Jehová le informó que el pueblo se había vuelto a la idolatría, y le dijo: “Ahora déjame, para que se encienda mi cólera contra ellos y los extermine, y déjame hacer de ti una nación grande”. La inmediata respuesta de Moisés puso de manifiesto que la santificación del nombre de Jehová era la cosa más importante para él, y que no tenía ningún tipo de egoísmo ni deseaba fama para sí mismo. No pidió nada para él, sino que demostró interés por el nombre de Jehová, nombre que Él mismo había ensalzado recientemente mediante el milagro del mar Rojo, y mostró respeto por la promesa de Dios a Abrahán, Isaac y Jacob. Jehová aprobó la súplica de Moisés y perdonó al pueblo. Aquí se ve que Jehová consideró que Moisés desempeñaba su papel de mediador de modo satisfactorio, y que Él respetaba el cargo para el que había nombrado a Moisés. De manera que entonces Jehová “empezó a sentir pesar respecto al mal de que había hablado que haría a su pueblo”, es decir, por causa del cambio de circunstancias, cambió de actitud con relación a traer el mal sobre ellos. (Éx 32:7-14.)

Cuando Moisés bajó de la montaña, se demostró su celo por la adoración verdadera como siervo de Dios. Al ver la fiesta estrepitosa que el pueblo idólatra había promovido, arrojó las tablas al suelo y las rompió, y pidió que los que quisieran se pusiesen de su lado. La tribu de Leví se puso de su parte, y les mandó que diesen muerte a todos los que habían participado en la adoración falsa, lo que resultó en la muerte de unos 3.000 hombres. Luego se volvió a Jehová, reconoció el gran pecado del pueblo y suplicó: “Pero ahora si perdonas su pecado..., y si no, bórrame, por favor, de tu libro que has escrito”. A Dios no le desagradó la súplica mediadora de Moisés, pero contestó: “Al que haya pecado contra mí, lo borraré de mi libro”. (Éx 32:19-33.)

Fueron muchas las veces que Moisés representó el lado de Jehová en el pacto, dio orden de que practicaran la adoración pura y verdadera y ejecutó juicio contra los desobedientes. Más de una vez también intercedió en favor de la nación —o de algunos de sus miembros— para que Jehová no los destruyese. (Nú 12; 14:11-21; 16:20-22, 43-50; 21:7; Dt 9:18-20.)

Altruismo, humildad, mansedumbre. Moisés estaba interesado principalmente en el nombre de Jehová y en Su pueblo. Por consiguiente, no buscaba gloria o posición. Cuando Jehová puso su espíritu sobre algunos hombres del campamento y estos empezaron a comportarse como profetas, el ayudante de Moisés, Josué, quiso impedírselo, al parecer porque pensó que estaban quitando gloria y autoridad a Moisés. Pero él contestó: “¿Sientes celos por mí? No, ¡quisiera yo que todo el pueblo de Jehová fueran profetas, porque Jehová pondría su espíritu sobre ellos!”. (Nú 11:24-29.)

Aunque Moisés era el caudillo de la gran nación de Israel nombrado por Jehová, estaba dispuesto a aceptar consejo de otros, en particular cuando eso repercutía de forma positiva en la nación. Poco tiempo después de que los israelitas salieron de Egipto, Jetró fue a su encuentro acompañado de la esposa y los hijos de Moisés. Jetró observó cuánto trabajaba Moisés y cómo se gastaba al tratar los problemas de cada uno que acudía a él. Con sabiduría le sugirió que, de acuerdo con un criterio ordenado, delegara grados de responsabilidad en otras personas a fin de aligerar su carga. Moisés escuchó el consejo de Jetró y lo aceptó, de modo que organizó al pueblo en millares, centenas, cincuentenas y decenas, con un jefe como juez sobre cada grupo. Solo los casos difíciles se llevaban a Moisés. Es digno de mención también que al explicar a Jetró lo que estaba haciendo, Moisés dijo: “En caso de que se les suscite una causa, esta tiene que venir a mí y yo tengo que juzgar entre una parte y la otra, y tengo que dar a conocer las decisiones del Dios verdadero y sus leyes”. De este modo indicó que reconocía que no tenía que juzgar según sus propias ideas, sino según las decisiones de Jehová, y que además tenía la responsabilidad de ayudar al pueblo a conocer y aceptar las leyes de Dios. (Éx 18:5-7, 13-27.)

Moisés mostró repetidas veces que el verdadero Caudillo no era él, sino Jehová. Cuando el pueblo empezó a quejarse de la comida, Moisés dijo: “Sus murmuraciones no son contra nosotros [Moisés y Aarón], sino contra Jehová”. (Éx 16:3, 6-8.) Posiblemente debido a que Míriam pensó que la presencia de la esposa de Moisés podía eclipsar su prominencia, tanto ella como Aarón, con celos y falta de respeto, empezaron a hablar contra Moisés y su autoridad. El que en este punto del relato se diga: “El hombre Moisés era con mucho el más manso de todos los hombres que había sobre la superficie del suelo”, hace aún más censurable su comportamiento. Parece ser que Moisés aguantaba con mansedumbre el abuso verbal sin imponerse. Pero Jehová se encolerizó por este desafío, ya que en realidad era una afrenta contra Él mismo. Se encargó de la cuestión y castigó con severidad a Míriam. El amor de Moisés por su hermana le impulsó a interceder a su favor y clamar: “¡Oh Dios, por favor! ¡Sánala, por favor!”. (Nú 12:1-15.)

Obedeció y esperó en Jehová. Moisés esperó en Jehová. Aunque se le llama legislador de Israel, reconoció que no era el originador de las leyes. Tampoco actuó de manera arbitraria, decidiendo los asuntos según su propio conocimiento. Cuando no existía un precedente para un caso legal o no se podía discernir exactamente cómo aplicar la Ley, Moisés presentaba el caso a Jehová para que Él estableciera una decisión judicial. (Le 24:10-16, 23; Nú 15:32-36; 27:1-11.) Moisés siguió cuidadosamente las instrucciones divinas. Supervisó de cerca el complicado trabajo de construir el tabernáculo y de hacer los utensilios y las vestiduras sacerdotales. El registro dice: “Y Moisés procedió a hacer conforme a todo lo que le había mandado Jehová. Hizo precisamente así”. (Éx 40:16; compárese con Nú 17:11.) Varias veces se dice que las cosas se hicieron “tal como Jehová había mandado a Moisés”. (Éx 39:1, 5, 21, 29, 31, 42; 40:19, 21, 23, 25, 27, 29.) Esto es provechoso para los cristianos, pues el escritor del libro de los Hebreos dice que estas cosas constituyen una “sombra” y una ilustración de cosas celestiales. (Heb 8:5.)

Moisés tropieza. Mientras Israel estaba acampado en Qadés, probablemente en el cuadragésimo año de vagar por el desierto, Moisés cometió una seria equivocación. El examinar este incidente nos ayuda a entender mejor, no solo la posición privilegiada que tenía Moisés, sino también su gran responsabilidad ante Jehová como caudillo y mediador de la nación. Debido a la escasez de agua, el pueblo empezó a protestar amargamente contra Moisés, culpándolo de haberlos sacado de Egipto al desierto árido. Moisés había aguantado mucho: tuvo que soportar la terquedad y rebeldía de los israelitas, compartir sus dificultades e interceder a favor de ellos cuando pecaban, pero en esa ocasión perdió momentáneamente su mansedumbre y su genio apacible. Exasperados y amargados de espíritu, Moisés y Aarón se levantaron ante el pueblo como Jehová había mandado. Pero en vez de dirigir la atención a Jehová como el Proveedor, hablaron con brusquedad al pueblo y asumieron un protagonismo que no les correspondía. Moisés dijo: “¡Oigan, ahora, rebeldes! ¿Es de este peñasco de donde les sacaremos agua?”. Luego Moisés golpeó la roca y Jehová hizo que fluyera suficiente agua para la multitud y sus rebaños. No obstante, Dios estaba disgustado con la conducta de Moisés y Aarón. No cumplieron con su responsabilidad principal, a saber, magnificar Su nombre. “Actuaron en desacato” contra Jehová, y Moisés ‘habló imprudentemente con sus labios’. Más tarde Jehová decretó: “Porque ustedes no mostraron fe en mí para santificarme delante de los ojos de los hijos de Israel, por lo tanto ustedes no introducirán a esta congregación en la tierra que yo ciertamente les daré a ellos”. (Nú 20:1-13; Dt 32:50-52; Sl 106:32, 33.)

Escritor. Moisés fue el escritor del Pentateuco, los primeros cinco libros de la Biblia: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Durante toda su historia los judíos han reconocido a Moisés como el escritor de esos libros, sección de la Biblia que llaman la Torá o la Ley. Jesús y los escritores cristianos atribuyen frecuentemente la Ley a Moisés. Por lo general se le atribuye la escritura del libro de Job, así como el Salmo 90 y, posiblemente, el 91. (Mt 8:4; Lu 16:29; 24:27; Ro 10:5; 1Co 9:9; 2Co 3:15; Heb 10:28.)

Muerte y entierro. Aarón, el hermano de Moisés, murió a la edad de ciento veintitrés años, mientras Israel estaba acampado al pie del monte Hor (en la frontera con Edom), en el quinto mes del cuadragésimo año de su viaje. Moisés llevó a Aarón a la montaña, le despojó de sus prendas de vestir sacerdotales y vistió con ellas a Eleazar, el hijo mayor vivo y sucesor de Aarón. (Nú 20:22-29; 33:37-39.) Unos seis meses más tarde, Israel llegó a las llanuras de Moab. Allí Moisés explicó la Ley a la nación reunida en una serie de discursos, y explicó detalladamente los ajustes que sería necesario hacer cuando Israel dejara de llevar una vida nómada y se estableciera en su propia tierra. En el duodécimo mes del año cuadragésimo (en la primavera de 1473 a. E.C.), Moisés anunció al pueblo que, según el nombramiento de Jehová, Josué le sucedería como caudillo. Luego comisionó a Josué y le exhortó a ser valeroso. (Dt 31:1-3, 23.) Finalmente, después de recitar una canción y bendecir al pueblo, Moisés, siguiendo el mandato de Jehová, subió al monte Nebo para ver la Tierra Prometida desde esta posición elevada, y luego murió. (Dt 32:48-51; 34:1-6.)

Moisés tenía ciento veinte años de edad cuando falleció. La Biblia dice con referencia a su fortaleza física: “Su ojo no se había oscurecido, y su fuerza vital no había huido”. Jehová lo enterró en un lugar que nunca se ha descubierto. (Dt 34:5-7.) Probablemente se hizo así para impedir que los israelitas cayeran en la adoración falsa convirtiendo su tumba en un santuario. Parece que el Diablo deseaba valerse del cuerpo de Moisés para algún fin semejante, pues Judas, el discípulo cristiano y medio hermano de Jesucristo, escribió: “Pero cuando Miguel el arcángel tuvo una diferencia con el Diablo y disputaba acerca del cuerpo de Moisés, no se atrevió a llevar un juicio contra él en términos injuriosos, sino que dijo: ‘Que Jehová te reprenda’”. (Jud 9.) Antes de cruzar hacia Canaán acaudillado por Josué, Israel observó treinta días de duelo en memoria de Moisés. (Dt 34:8.)

Un profeta a quien Jehová conoció “cara a cara”. Cuando Míriam y Aarón desafiaron la autoridad de Moisés, Jehová les dijo: “Si llegara a haber un profeta de ustedes para Jehová, sería en una visión como me daría a conocer a él. En un sueño le hablaría. ¡No así con mi siervo Moisés! Tiene confiada a él toda mi casa. Boca a boca le hablo, y así le muestro, y no por enigmas; y la apariencia de Jehová es lo que él contempla. ¿Por qué, pues, no temieron hablar contra mi siervo, contra Moisés?”. (Nú 12:6-8.) La conclusión del libro de Deuteronomio pone de relieve la posición privilegiada de Moisés ante Jehová: “Pero nunca desde entonces se ha levantado en Israel un profeta como Moisés, a quien Jehová conoció cara a cara, tocante a todas las señales y los milagros que Jehová lo envió a hacer en la tierra de Egipto, a Faraón y a todos sus siervos y a toda su tierra, y en cuanto a toda la mano fuerte y todo el grande e imponente respeto que Moisés ejerció ante los ojos de todo Israel”. (Dt 34:10-12.)

Según estas palabras de Jehová, aunque Moisés nunca lo vio literalmente, tuvo una relación más directa, constante e íntima con Él que cualquier otro profeta antes de Jesucristo. La declaración de Jehová: “Boca a boca le hablo”, reveló que Moisés tenía una comunicación personal con Dios (por medio de ángeles, que tienen acceso a la misma presencia de Dios, Mt 18:10). (Nú 12:8.) Como mediador de Israel, disfrutó de una comunicación bilateral casi constante. Podía presentar problemas de importancia nacional en cualquier momento y recibir la respuesta de Dios. Jehová le confió ‘toda su casa’ y lo usó como su representante personal para organizar la nación. (Nú 12:7; Heb 3:2, 5.) Los profetas de tiempos posteriores solo edificaron sobre el fundamento que se había puesto por medio de Moisés.

Jehová se relacionó con Moisés de una manera tan impresionante, que era como si este realmente hubiera contemplado a Dios con sus ojos, en vez de solo tener una visión mental o un sueño en el que oyera hablar a Dios, que era como normalmente se comunicaba Dios con sus profetas. Los tratos de Jehová con Moisés fueron tan reales que Moisés se comportó como si hubiera visto “a Aquel que es invisible”. (Heb 11:27.) La impresión que esto causó en Moisés debió ser semejante a la que la transfiguración causó en el apóstol Pedro siglos más tarde. La visión fue tan real para Pedro que tomó parte en ella y habló sin darse cuenta de lo que decía. (Lu 9:28-36.) Y el apóstol Pablo también experimentó una visión tan real, que después dijo de sí mismo: “Si en el cuerpo, no lo sé, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe”. (2Co 12:1-4.)

No cabe duda de que el extraordinario éxito de Josué en introducir a Israel en la Tierra Prometida se debió en cierta medida a las excelentes cualidades que Moisés le inculcó de palabra y con su ejemplo. Josué fue el ministro de Moisés “desde su mocedad en adelante”. (Nú 11:28.) Seguramente fue comandante del ejército bajo el mando de Moisés (Éx 17:9, 10), y estuvo cerca de él como ayudante en muchas experiencias. (Éx 24:13; 33:11; Dt 3:21.)

Prefiguró a Jesucristo. Jesucristo dejó claro que Moisés había escrito en cuanto a él, pues en una ocasión dijo a sus opositores: “Si creyeran a Moisés, me creerían a mí, porque aquel escribió de mí”. (Jn 5:46.) Estando con sus discípulos, “comenzando desde Moisés y todos los Profetas les interpretó cosas referentes a él en todas las Escrituras”. (Lu 24:27, 44; véase también Jn 1:45.)

Entre las cosas que Moisés escribió sobre Jesucristo se encuentran las palabras de Jehová: “Les levantaré un profeta de en medio de sus hermanos, semejante a ti; y verdaderamente pondré mis palabras en su boca, y él ciertamente les hablará todo lo que yo le mande”. (Dt 18:18, 19.) El apóstol Pedro citó esta profecía y la aplicó a Jesucristo. (Hch 3:19-23.)

En la transfiguración que pudieron ver Pedro, Santiago y Juan, Jesús hablaba con Moisés y Elías. Los tres apóstoles pudieron ver representado en Moisés el pacto de la Ley, la formación de la congregación teocrática, la liberación de la nación y su instalación a salvo en la Tierra Prometida. De modo que la visión indicó que Jesucristo haría una labor similar a la de Moisés, pero mayor; de igual manera, el que se viera a Elías indicaba que haría una obra similar a la suya, pero de mayor alcance. La transfiguración manifestó con total claridad que el Hijo de Dios era en realidad el ‘profeta mayor que Moisés’, digno del título Mesías. (Mt 17:1-3; véase TRANSFIGURACIÓN.)

Entre estos dos grandes profetas, Moisés y Jesucristo, hubo muchas correspondencias proféticas. Ambos escaparon en la infancia de una matanza en masa ordenada por los respectivos gobernantes de su tiempo. (Éx 1:22; 2:1-10; Mt 2:13-18.) A Moisés se le llamó de Egipto con el “primogénito” de Jehová, la nación de Israel, y fue el caudillo de esa nación. A Jesús se le llamó de Egipto como el Hijo primogénito de Dios. (Éx 4:22, 23; Os 11:1; Mt 2:15, 19-21.) Tanto el uno como el otro ayunaron durante cuarenta días en lugares desérticos. (Éx 34:28; Mt 4:1, 2.) Ambos vinieron en el nombre de Jehová, y el propio nombre de Jesús significa “Jehová es Salvación”. (Éx 3:13-16; Mt 1:21; Jn 5:43.) Al igual que Moisés, Jesús ‘declaró el nombre de Jehová’. (Dt 32:3; Jn 17:6, 26.) Ambos fueron excepcionalmente mansos y humildes (Nú 12:3; Mt 11:28-30) y tuvieron las credenciales más convincentes de que Dios los había enviado: sorprendentes milagros de muchas clases, en los que Jesús superó a Moisés al resucitar a los muertos. (Éx 14:21-31; Sl 78:12-54; Mt 11:5; Mr 5:38-43; Lu 7:11-15, 18-23.)

Moisés fue el mediador del pacto de la Ley entre Dios y la nación de Israel. Jesús fue el Mediador del nuevo pacto entre Dios y la “nación santa”, el “Israel [espiritual] de Dios”. (1Pe 2:9; Gál 6:16; Éx 19:3-9; Lu 22:20; Heb 8:6; 9:15.) Ambos fueron jueces, legisladores y caudillos. (Éx 18:13; 32:34; Da 9:25; Mal 4:4; Mt 23:10; Jn 5:22, 23; 13:34; 15:10.) A Moisés se le confió la mayordomía de la ‘casa de Dios’, es decir, la nación o congregación de Israel, y fue probado fiel. Jesús mostró fidelidad en la casa de Dios que él, como Hijo de Dios, edificó, a saber, la nación o congregación del Israel espiritual. (Nú 12:7; Heb 3:2-6.) Hubo un paralelo incluso en su muerte, pues en ambos casos Dios hizo desaparecer el cadáver. (Dt 34:5, 6; Hch 2:31; Jud 9.)

Hacia el fin de los cuarenta años que Moisés estuvo en el desierto, el ángel de Dios se le manifestó milagrosamente en la llama de una zarza, al pie del monte Horeb, mientras pastoreaba el rebaño de su suegro. Allí Jehová le comisionó para libertar a su pueblo de Egipto. (Éx 3:1-15.) Así Dios nombró a Moisés su profeta y representante, por lo que entonces podía llamársele correctamente un ungido o “Cristo”. Para llegar a estar en esa posición privilegiada, tuvo que abandonar los “tesoros de Egipto” y dejarse ‘maltratar con el pueblo de Dios’, siendo así objeto de vituperio. Pero estimó ese “vituperio del Cristo como riqueza más grande que los tesoros de Egipto”. (Heb 11:24-26.)

También este aspecto de la vida de Moisés tiene paralelo en la de Jesús. Según anunció un ángel cuando Jesús nació en Belén, tenía que llegar a ser un “Salvador, [...] Cristo el Señor”. Llegó a ser Cristo o el Ungido después que el profeta Juan lo bautizó en el río Jordán. (Lu 2:10, 11; 3:21-23; 4:16-21.) A partir de entonces, reconoció ser “el Cristo” o Mesías. (Mt 16:16, 17; Mr 14:61, 62; Jn 4:25, 26.) Jesucristo también mantuvo su vista en el premio y despreció la vergüenza de que le hicieron objeto los hombres, tal como Moisés lo había hecho. (Flp 2:8, 9; Heb 12:2.) La congregación cristiana es bautizada en este Moisés Mayor: Jesucristo, el predicho Profeta, Libertador y Caudillo. (1Co 10:1, 2.)


¿No encuentras lo que buscas? Intenta buscar en toda la página. haz click aquí Toda la página

Contenido Relacionado


Anuncios