Puede parecer inaudito, pero en ocasiones Dios permite que en nuestras vidas pasen situaciones dolorosas para que reconozcamos que necesitamos de Él.

Las enfermedades nunca son causa de alegría, todo lo contrario, causan terror y pánico ante la posibilidad de morir o perder a un ser querido.
Esto fue lo que experimentó la hermana Adriana Cedeño en dos ocasiones, cuando ella y su hijo fueron diagnosticados con cáncer.
En primera instancia, fue ella a quien se le informó que luchaba contra esta situación dolorosa y delicada, temiendo morir y dejar solo a su hijo. No obstante, aquello la ayudó a acercarse a Dios.
En oraciones y súplicas desesperadas al Señor, Adriana clamaba por su sanidad hasta que fue escuchada y el Señor le respondió.
Tristemente, su vida espiritual fue muriendo hasta el punto que se apartó de Dios; pero no fue hasta que diagnosticaron a su hijo con la misma enfermedad, que recordó cuán importante es el Todopoderoso en la vida de las personas.
Ella reconoce que si bien no era algo agradable, la situación con su hijo la ayudó a volver a Cristo, reconciliándose con Dios.
A pesar de haber experimentado estos milagros, Cedeño está consciente de que lo mejor que les pudo haber pasado es conocer a Jesús y recibir su salvación.