Dulcinea Fabbro cuenta su testimonio de como vivió dentro de una secta en Venezuela, donde sufrió traumáticas experiencias.

Fue una niña que vivió una infancia muy difícil, se crio sin la figura de un padre, una situación que la marcó mucho, porque siempre anheló tener una figura paterna.
Al cabo de unos años, siendo aun una niña su madre se involucró con una secta llamada «los hijos de Dios»; era un grupo de personas que aunque demostraban apariencia de santidad, se hacían pasar por cristianos y tenían fundamentos anti-bíblicos.
Con el paso del tiempo, ya no la llevaban al colegio ni la dejaban tener comunicación con otros niños de su comunidad. Dulcinea dice que estaba confundida a nivel espiritual y no entendía quien era Dios.
Fue entonces cuando empezó a notar comportamientos extraños dentro del grupo, las niñas se sentaban en las piernas de los hombres, las adolescentes mantenían relaciones con hombres casados. Era una mezcla de la Biblia con cosas totalmente desviadas de la verdad.
En su adolescencia uno de los lideres del grupo intentó abusar de ella, pero nadie le creyó y como castigo la encerraron durante tres meses en un cuarto. Debido a todo lo que vivía en su entorno, Dulcinea cayó en una terrible depresión, al punto de intentar quitarse la vida.
Dios obró de una manera sobrenatural en la vida de Dulcinea, al punto de que ella y su madre fueron transformadas y hoy son unas fieles servidoras del Señor, además de todo ella pudo perdonar a su padre y tener una relación más estrecha con él.