Saulo persigue a la iglesia1 Saulo estuvo de acuerdo con la muerte de Esteban, y ese día se desató una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén y todos, salvo los apóstoles, se dispersaron por las tierras de Judea y de Samaria. 2 Unos hombres piadosos llevaron a enterrar a Esteban y lloraron sentidamente por él. 3 Mientras tanto, Saulo asolaba la iglesia: entraba en las casas, apresaba violentamente a hombres y mujeres y los enviaba a la cárcel. III. Segunda parte (8.4–15.35) 1. Primera difusión del evangelio (8.4–11.18) Predicación del evangelio en Samaria4 Pero quienes fueron dispersados iban por todas partes anunciando el evangelio. 5 Fue así como Felipe llegó a la ciudad de Samaria para predicar a Cristo. 6 La gente escuchaba con atención lo que Felipe decía y todos juntos oían y veían las señales que hacía: 7 hubo muchos casos de espíritus inmundos que salían de sus víctimas lanzando alaridos, y muchos paralíticos y cojos quedaban sanados. 8 Así que hubo una gran alegría en aquella ciudad. 9 Desde hacía tiempo se encontraba en la ciudad un hombre llamado Simón que practicaba la magia y tenía embelesado al pueblo de Samaria, haciéndose pasar por alguien importante. 10 Todos le escuchaban atentamente, desde el más pequeño hasta el más grande, y decían: «Este es el gran poder de Dios». 11 Le prestaban cuidadosa atención porque con sus artes mágicas los había asombrado durante mucho tiempo. 12 Pero cuando Felipe les anunció el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, hombres y mujeres creyeron y se bautizaron. 13 También creyó el mismo Simón, quien después de bautizarse acompañaba siempre a Felipe y se asombraba de ver las señales y grandes milagros que este realizaba. 14 Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan. 15 Y al llegar oraron por los samaritanos para que recibieran el Espíritu Santo, 16 pues aún no había descendido sobre ninguno de ellos; solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús. 17 Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo. 18 Cuando vio Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se otorgaba el Espíritu Santo, les ofreció dinero 19 diciendo: —Dadme a mí también este poder, para que cualquiera a quien yo imponga las manos reciba el Espíritu Santo. 20 Pedro le respondió: —Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. 21 Tú no tienes parte ni suerte en este asunto. Tu corazón no es recto delante de Dios. 22 Arrepiéntete del mal que has hecho y pide al Señor que, si es posible, te perdone el haber abrigado tal pensamiento. 23 Por lo que veo, en tu interior solo hay amargura y estas encadenado a la maldad. 24 Simón respondió: —Rogad vosotros por mí al Señor para que nada de esto que habéis dicho venga sobre mí. 25 Pedro y Juan, después de haber testificado y proclamado la palabra de Dios, emprendieron el regreso a Jerusalén, anunciando de paso el evangelio en muchas poblaciones de los samaritanos. Felipe y el etíope26 Un ángel del Señor habló a Felipe y le dijo: —Ponte en camino y ve hacia el sur por la ruta del desierto que desciende de Jerusalén a Gaza. 27 Felipe así lo hizo. Y sucedió que en el camino se encontró con un etíope eunuco. Era funcionario de Candace, reina de los etíopes, y estaba encargado de todos sus tesoros. Había venido a Jerusalén para adorar 28 y volvía sentado en su carro leyendo al profeta Isaías. 29 El Espíritu dijo a Felipe: —Acércate y júntate a ese carro. 30 Acudió Felipe y le oyó que leía al profeta Isaías. Le preguntó: —Pero ¿entiendes lo que lees? 31 Él dijo: —¿Y cómo podré entenderlo si alguien no me lo explica? El etíope rogó a Felipe que subiera y se sentara con él. 32 El pasaje de la Escritura que leía era este: Como oveja fue llevado a la muerte; y como cordero mudo delante del trasquilador, no abrió su boca. 33 En su humillación no se le hizo justicia. Mas su generación, ¿quién la contará?, porque su vida fue quitada de la tierra. 34 El eunuco tomó la palabra y dijo a Felipe: —Te ruego que me digas de quién dice el profeta esto. ¿De sí mismo o de algún otro? 35 Felipe, partiendo de este pasaje, le anunció el evangelio de Jesús. 36 Prosiguiendo el camino, llegaron a un lugar donde había agua y dijo el eunuco: —Aquí hay agua. ¿Qué impide que yo sea bautizado? 37 Felipe respondió: —Si crees de todo corazón, puedes. Él respondió: —Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. 38 Mandó parar el carro, descendieron ambos al agua y Felipe le bautizó. 39 Salieron del agua y el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El eunuco no le vio más, pero siguió gozoso su camino. 40 Felipe apareció en Azoto, y de camino anunciaba el evangelio en todas las ciudades hasta llegar a Cesarea. |
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Antigua versión de Casiodoro de Reina (1569), revisada por Cipriano de Valera (1602). Revisiones anteriores con la participación de Sociedad Bíblica de España: 1862, 1909, 1960 y 1995.
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