(Del lat. interpretatio, -onis).
1. f. Acción y efecto de interpretar. ~ auténtica.
1. f. Der. La que de una ley hace el mismo legislador. ~ de lenguas.
1. f. Secretaría en que se traducen al español o a otras lenguas documentos y papeles legales.
~ doctrinal.
1. f. Der. La que se funda en las opiniones de los jurisconsultos. ~ usual.
1. f. Der. La autorizada por la jurisprudencia de los tribunales.
En la Biblia se mencionan dos tipos de intérpretes: el traductor, que, oralmente o por escrito, transmite el significado de las palabras habladas o escritas en un idioma a personas que leen o hablan otro; y el que explica la profecía bíblica mostrando a otros el sentido, el significado y la interpretación de sueños proféticos, visiones y mensajes de origen divino.
Traducción. La confusión del lenguaje del hombre durante la construcción de la Torre de Babel resultó en que la familia humana llegase a ser súbitamente una raza plurilingüe. Esto dio lugar, a su vez, a una nueva profesión, la de intérprete o traductor. (Génesis 11:1-9) Unos cinco siglos después, José empleó a un intérprete cuando se dirigió a sus hermanos hebreos en el lenguaje egipcio a fin de ocultarles su identidad. (Génesis 42:23) «Pero ellos no sabían que los entendía José, porque había intérprete entre ellos». La palabra que en este texto se traduce “intérprete” es una forma del verbo hebreo lits (mofarse; desdeñar). La misma palabra se traduce a veces ‘vocero’ cuando hace referencia a un enviado versado en un lenguaje extranjero, como “los voceros de los príncipes de Babilonia” enviados a conversar con el rey Ezequías de Judá. (2 Crónicas 32:31) «Mas en lo referente a los mensajeros de los príncipes de Babilonia, que enviaron a él para saber del prodigio que había acontecido en el país, Dios lo dejó, para probarle, para hacer conocer todo lo que estaba en su corazón».
El don de hablar en lenguas extranjeras fue una de las manifestaciones del espíritu santo de Dios derramado sobre los fieles discípulos de Cristo en Pentecostés del año 33 E.C. Sin embargo, esto no fue una repetición de lo que había ocurrido veintidós siglos antes en las llanuras de Sinar. En el caso de estos discípulos, no se reemplazó su idioma original con uno nuevo, sino que conservaron su lengua materna y al mismo tiempo se les facultó para hablar acerca de las cosas magníficas de Dios en otros idiomas. (Hechos 2:1-11) Junto con esta facultad de hablar en lenguas diferentes, a los miembros de la congregación cristiana primitiva se les otorgaron otros dones milagrosos del espíritu, entre los que estaba el don de traducir de un idioma a otro. También se les dieron instrucciones acerca del uso que habían de dar a este don. (1 Corintios 12:4-10, 27-30) (1 Corintios 14:5, 13-28)
El ejemplo más notable de traducción de un idioma a otro es el de traducir la Biblia a muchísimos idiomas, una tarea monumental que ha tomado siglos. En la actualidad este libro existe, en su totalidad o en parte, en más de 1.800 idiomas. Sin embargo, ninguna de tales traducciones ni sus traductores han sido inspirados. La primera traducción se remonta al siglo III a. E.C., cuando se empezó a trabajar en la Versión de los Setenta, una traducción de las Sagradas Escrituras hebreas y arameas inspiradas por Dios (39 libros según el cómputo actual) al griego común o koiné, el idioma internacional de aquella época.
Los escritores bíblicos de los 27 libros que componen las Escrituras Griegas Cristianas, con los que se completó el canon de la Biblia, citaron a menudo de las Escrituras Hebreas. Se observa que a veces usaron la Versión de los Setenta griega en lugar de traducir personalmente el texto hebreo de las Escrituras. (Compárese (Salmos 40:6) «Sacrificio y ofrenda no te agrada; Has abierto mis oídos; Holocausto y expiación no has demandado». [39:7, LXX] con (Hebreos 10:5) «Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; Mas me preparaste cuerpo». Sin embargo, también hicieron sus propias traducciones, más bien libres, como puede verse al comparar (Oseas 2:23) «Y la sembraré para mí en la tierra, y tendré misericordia de Lo-ruhama; y diré a Lo-ammi: Tú eres pueblo mío, y él dirá: Dios mío». Con (Romanos 9:25) «Como también en Oseas dice: Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo, Y a la no amada, amada». En (Romanos 10:6-8) hallamos un ejemplo en el que se optó por parafrasear (Deuteronomio 30:11-14) en lugar de traducirlo literalmente.
A menudo estos escritores bíblicos traducían los nombres de personas, títulos, lugares y expresiones para beneficio de sus lectores. Dieron el significado de nombres como Cefas, Bernabé, Tabita, Bar-Jesús y Melquisedec (Juan 1:42) «Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro)». (Hechos 4:36) «Entonces José, a quien los apóstoles pusieron por sobrenombre Bernabé (que traducido es, Hijo de consolación), levita, natural de Chipre». (Hechos 9:36) «Había entonces en Jope una discípula llamada Tabita, que traducido quiere decir, Dorcas. Esta abundaba en buenas obras y en limosnas que hacía». (Hechos 13:6, 8) (Hebreos 7:1-2), así como el de los títulos Emmanuel, Rabí y Mesías (Mateo 1:23) «He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, Y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros». (Juan 1:38, 41), el de lugares como Gólgota, Siloam y Salem (Marcos 15:22) «Y le llevaron a un lugar llamado Gólgota, que traducido es: Lugar de la Calavera». (Juan 9:7) «y le dijo: Vé a lavarte en el estanque de Siloé (que traducido es, Enviado). Fue entonces, y se lavó, y regresó viendo». (Hebreos 7:2) «a quien asimismo dio Abraham los diezmos de todo; cuyo nombre significa primeramente Rey de justicia, y también Rey de Salem, esto es, Rey de paz», y el de las expresiones “Talithá kumi” y “Elí, Elí, ¿lamá sabakhthaní?”. (Marcos 5:41) «Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate». (Marcos 15:34) «Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?».
En un principio Mateo escribió su evangelio en hebreo, según el testimonio de Jerónimo, Eusebio de Panfilia, Orígenes, Ireneo y Papías. No se sabe quién tradujo este evangelio posteriormente al griego. Algunos piensan que fue Mateo mismo quien lo hizo, en cuyo caso se trataría de la única traducción inspirada de las Escrituras que se conoce.
La palabra griega her·me·néu·o suele significar en el griego clásico “explicar” o “interpretar”. En las Escrituras Griegas Cristianas tiene el significado de “traducir”. (Juan 1:42) «Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro)».(Juan 9:7) «y le dijo: Vé a lavarte en el estanque de Siloé (que traducido es, Enviado). Fue entonces, y se lavó, y regresó viendo». (Hebreos 7:2) «a quien asimismo dio Abraham los diezmos de todo; cuyo nombre significa primeramente Rey de justicia, y también Rey de Salem, esto es, Rey de paz». Es similar al nombre del dios griego Hermes (Mercurio), a quien los antiguos mitólogos consideraban no solo el mensajero, enviado e intérprete de los dioses, sino también el patrón de los escritores, oradores y traductores. Los paganos de Listra llamaron “Hermes a Pablo, puesto que este era el que llevaba la delantera al hablar”. (Hechos 14:12) «Y a Bernabé llamaban Júpiter, y a Pablo, Mercurio, porque éste era el que llevaba la palabra». El prefijo me·tá quiere decir “cambio”, y añadido a her·me·néu·o, forma la palabra me·ther·me·néu·o·mai, que también aparece varias veces en la Biblia, y significa “cambiar o traducir de un idioma a otro”. Siempre aparece en voz pasiva: “traducido”. (Mateo 1:23) «He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, Y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros».
Interpretación de las profecías. Di·er·me·néu·o es una forma de her·me·néu·o con más fuerza e intensidad. Se usa con referencia a traducir idiomas, pero también significa “explicar completamente; interpretar completamente”. (Hechos 9:36) «Había entonces en Jope una discípula llamada Tabita, que traducido quiere decir, Dorcas. Esta abundaba en buenas obras y en limosnas que hacía». (1 Corintios 12:30) «¿Tienen todos dones de sanidad? ¿hablan todos lenguas? ¿interpretan todos?». Fue la palabra que Lucas usó para relatar cómo Jesús, mientras iba a Emaús con dos de sus discípulos, “les interpretó cosas referentes a él en todas las Escrituras”, comenzando con los escritos de Moisés y los profetas. Posteriormente, los dos discípulos contaron a otros la experiencia de cómo Jesús les ‘abrió por completo las Escrituras’. (Lucas 24:13-15, 25-32)
Dy·ser·me·neu·tos tiene un significado opuesto. Aparece únicamente en (Hebreos 5:11) «Acerca de esto tenemos mucho que decir, y difícil de explicar, por cuanto os habéis hecho tardos para oír», y Pablo lo usó con el significado de “difícil de interpretar”, es decir, “difícil de explicar”. (Véase Int.)
Otra palabra griega que se traduce “interpretación” es e·pí·ly·sis, que se deriva de un verbo cuyo significado literal es “aflojar o soltar”, y, por lo tanto, “explicar o resolver”. La profecía verdadera no procede de las opiniones o interpretaciones de los hombres, sino que se origina de Dios. Por eso Pedro escribe: “Ninguna profecía de la Escritura proviene de interpretación [e·pi·lý·se·os] privada alguna [...], sino que hombres hablaron de parte de Dios al ser llevados por espíritu santo”. (2 Pedro 1:20-21) Así pues, las profecías bíblicas nunca fueron el producto de astutas deducciones y predicciones de los hombres basadas en sus análisis personales de los acontecimientos o tendencias humanas.
El significado de algunas profecías era obvio, por lo que no se requería ninguna interpretación. Un ejemplo de ello es la predicción de que la tribu de Judá ‘entraría en cautiverio al rey de Babilonia durante setenta años’, o que Babilonia llegaría a ser ‘un yermo desolado’. Por supuesto, no siempre se conocía cuándo se cumplirían, aunque en algunos casos también se explicitaba. El entendimiento de muchas profecías o detalles de estas no era más que parcial cuando se dieron, a la espera de que el pleno entendimiento o interpretación llegara al debido tiempo de Dios, como en el caso de algunas profecías de Daniel y de las profecías sobre el Mesías y el secreto sagrado relacionado con él. (Daniel 12:4, 8-10) (1 Pedro 1:10-12).
Todos los sacerdotes practicantes de magia y sabios de Egipto fueron incapaces de interpretar los sueños que Dios envió a Faraón. “No hubo intérprete de estos para Faraón.” (Génesis 41:1-8) Entonces se trajo a la atención de Faraón que José había podido interpretar los sueños del jefe de los coperos y del jefe de los panaderos. (Génesis 40:5-22) (Génesis 41:9-13) Sin embargo, José no se atribuyó ningún mérito a sí mismo, sino que lo atribuyó a Jehová, el intérprete de los sueños, pues dijo: “¿No pertenecen a Dios las interpretaciones?”. (Génesis 40:8) «Ellos le dijeron: Hemos tenido un sueño, y no hay quien lo interprete. Entonces les dijo José: ¿No son de Dios las interpretaciones? Contádmelo ahora». Por lo tanto, cuando se le llamó delante de Faraón para interpretar su sueño, José dijo: “¡A mí no se me tiene que tomar en cuenta! Dios anunciará bienestar a Faraón”. (Génesis 41:14-16) Después de escuchar la interpretación, hasta Faraón reconoció que José era uno “en quien [estaba] el espíritu de Dios”, puesto que ‘Dios le había hecho saber todo aquello’. (Génesis 41:38-39)
De manera similar, Dios se valió de Daniel para comunicar la interpretación de los sueños de Nabucodonosor. Después de primero orar a Dios para entender el secreto y haber obtenido la respuesta en una visión de la noche, se llevó a Daniel delante del rey con el fin de que le recordara el sueño olvidado y le diera la interpretación. (Daniel 2:14-26) Como introducción, Daniel le recordó al rey que todos sus sabios, sortílegos, sacerdotes practicantes de magia y astrólogos no habían podido interpretar el sueño. “No obstante —continuó diciendo Daniel—, existe un Dios en los cielos que es un Revelador de secretos, y [...] en cuanto a mí, no por ninguna sabiduría que exista en mí más que en cualesquiera otros que estén vivos me es revelado este secreto, excepto con la intención de que la interpretación se dé a conocer al rey.” (Daniel 2:27-30)
En una segunda ocasión, cuando todos los sacerdotes practicantes de magia, sortílegos, caldeos y astrólogos fueron incapaces de interpretar el sueño del rey concerniente al gran árbol que fue cortado, se volvió a llamar a Daniel, y de nuevo se resaltó el origen divino de la profecía. En reconocimiento de este hecho, el rey le dijo a Daniel: “Yo mismo bien sé que el espíritu de los santos dioses está en ti”, y “tú eres competente, porque el espíritu de dioses santos está en ti”. (Daniel 4:4-18, 24)
Años más tarde, la misma noche en que cayó Babilonia ante los medos y los persas, se llamó una vez más a este siervo de Jehová, Daniel, ya de edad avanzada, a fin de que interpretara un mensaje divino para el rey. En esta ocasión una mano misteriosa había escrito MENÉ, MENÉ, TEKEL, PARSÍN sobre la pared del palacio durante la fiesta de Belsasar. Todos los sabios de Babilonia fueron incapaces de interpretar la escritura críptica. La reina madre recordó entonces que todavía podía contarse con Daniel, aquel “en el cual hay el espíritu de dioses santos”, así como “iluminación y perspicacia y sabiduría como la sabiduría de dioses”. Al interpretar la escritura, que en realidad era una profecía, Daniel ensalzó una vez más a Jehová como el Dios de profecías verdaderas. (Daniel 5:1, 5-28)
Entre los eruditos, se llama hermenéutica (del griego, hermeneutike) al conjunto de normas que se utilizan para interpretar cualquier texto, en tal caso se denomina “hermenéutica general”. La hermenéutica sacra, o bíblica es la que se dedica a la interpretación de las Sagradas Escrituras. Es tanto un arte como una ciencia. Cuando se aplica la hermenéutica a un texto, lo que se hace es una exégesis. Este término proviene de una palabra griega que significa “guiar, exponer, explicar”. Se usa mayormente en teología con referencia a la explicación del texto bíblico, la cual debe hacerse con atención a las reglas establecidas en la hermenéutica.
En la tradición judía se fue formando en un proceso de siglos la literatura talmúdica, que no es más que una compilación de análisis exegéticos y hermenéuticos de los libros de la ley (la Torá). El principio de esta tradición se remonta a •Esdras, a quien se considera el fundador de lo que luego sería la institución del escriba, aquellos hombres que se dedicaban a estudiar y explicar los Sagrados Libros. En términos generales, los métodos de interpretación judíos se dividían en cuatro tipos: el peshat, que buscaba la traducción literal, el remez que indagaba por los significados implicados en el texto, el derash, más orientado a una explicación homilética y el sod, que se interesaba por lo místico y lo alegórico en el texto. Las interpretaciones del texto hechas en esa forma aparecen en el Talmud como los midrash, que son exposiciones exegéticas que tenían el objeto de investigar las posibles explicaciones y aplicaciones de la ley.
ía diferencias entre los principios de interpretación que aplicaban los judíos que vivían en Israel y los de la •dispersión, especialmente aquellos de •Alejandría. Los primeros se inclinaban por la interpretación literal, mientras que los segundos hacían énfasis en la interpretación alegórica, estando bajo la influencia de la filosofía de Platón. Según ésta, no debe creerse nada que nos parezca indigno de la Deidad. Por lo tanto, cuando un intérprete alejandrino tropezaba con algunos pasajes del AT prefería pensar que se trataba de una alegoría. Esta tradición judía influyó, como es natural, a los estudiosos bíblicos cristianos. Los creyentes de Alejandría, con Clemente y Orígenes a la cabeza, propusieron que toda Escritura debía interpretarse en forma alegórica. Mientras que otra escuela de interpretación, la de Antioquía, especialmente a través de Teodoro y Juan Crisóstomo, se inclinó por la interpretación literal. Tiempo después, los escolásticos enseñaban que la interpretación de la Biblia debía hacerse en sentido literal, o alegórico, o moral, o analógico.
la interpretación y explicación adecuada de las Escrituras debe, antes que nada, asegurarse de que el texto utilizado es el que más razonablemente se acerque al arquetipo o documento original. Para esto hay que consultar, no sólo los documentos mismos, sino también las referencias históricas o citas que se hagan de ellos en escritos antiguos, así como también las versiones paralelas del mismo texto. La historia, la arqueología, la filología, la antropología, la sociología, y otras, son ciencias auxiliares del intérprete, pues una vez que tiene ante sí el texto, ha de preocuparse por ponerlo dentro del contexto, es decir, teniendo en cuenta el entorno cultural, de palabras, hechos, costumbres, etcétera, dentro del cual éste se produjo. De igual manera, el intérprete ha de considerar el género literario de la obra que analiza, cuál fue el propósito con el cual fue escrita, sus circunstancias, los aspectos relacionados con la personalidad del autor, etcétera. Finalmente, no debe olvidarse el principio hermenéutico básico enfatizado por la Reforma protestante: La Biblia se interpreta a sí misma. De manera que la explicación de un pasaje ha de estar en perfecta armonía con lo que la misma Escritura dice en cualquier otro lugar. El método de i. llamado “gramático-histórico” procura estudiar las formas y estilos literarios, así como las construcciones gramaticales, juntamente con un conocimiento del ambiente histórico y las diferentes situaciones en las cuales se escribieron los libros de la Biblia, a fin de entenderlos adecuadamente.