Muchos de nosotros luego de cometer errores ya sea contra nuestra familia, en nuestro trabajo o en una relación pedimos, añoramos una segunda oportunidad. De igual manera actuamos con Dios, pues le fallamos, no le obedecemos, lo ignoramos y cuando lo necesitamos porque estamos en algún aprieto o necesidad le pedimos una segunda oportunidad cuando en lugar de esto deberíamos como hijos agradecidos rogarle a Dios no una segunda oportunidad sino un corazón nuevo para caminar en obediencia, tal como lo hizo David , (Salmos 51:10) «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, Y renueva un espíritu recto dentro de mí».