El matemático británico, filósofo y ateo Bertrand Russell, propuso la analogía de la tetera como un recurso para explicar dónde recae la carga de la prueba, especialmente en discusiones sobre religión. La tetera celestial o cósmica son otros nombres que recibe esta idea.

En dicha analogía, Russell nos invita a imaginar a alguien declarando que existe una tetera orbitando entre la Tierra y Marte, demasiado pequeña para ser vista y sin posibilidad de verificar su presencia (dado que en los años 50 no podíamos viajar al espacio). Esta persona argumentaría que al no poder demostrar lo contrario, debemos aceptar su existencia.
Resulta absurdo sostener que deberíamos creer en una tetera en el espacio simplemente por nuestra incapacidad de demostrar lo contrario. Según Russell, quien afirma tal situación es quien debe probarlo, ya que la suposición inicial es que dicha tetera no existe; por tanto, aquellos que defienden su existencia deben presentar pruebas claras para respaldar su afirmación. No basta con exigirnos aceptar esa creencia como verdadera sin evidencia objetiva.
Con esta analogía, Russell señalaba cómo muchas personas religiosas actúan considerando que se debería asumir la existencia de Dios como premisa inicial y desafiando al ateo a demostrar lo contrario. En cambio, él rechazaba este teísmo afirmando que el ateísmo debería ser el punto de partida lógico al abordar la existencia de Dios, dado que esta no puede ser verificada empíricamente (es decir, no podemos observar ni tocar a Dios).
La analogía de la tetera planteada por Russell sugiere que al carecer de evidencias empíricas sobre la existencia de Dios, lo adecuado es considerar el ateísmo como posición predeterminada hasta recibir pruebas convincentes en contrario.
Que Dios no existe hasta que se nos brinde una razón para creer lo contrario. En otras palabras, la responsabilidad de demostrar que Dios existe recae en los religiosos (cristianos, específicamente), no en los ateos para demostrar que Dios no existe.
La premisa del argumento de la tetera de Russell es acertada: resulta imposible probar un negativo. Es decir, es imposible demostrar la inexistencia de algún objeto o fenómeno en cualquier lugar y momento del universo, ya que requeriría tener un conocimiento completo de cada punto en el tiempo y el espacio para afirmarlo. A pesar de esto, sí podemos ofrecer argumentos para sostener la inexistencia de algo. No tenemos fundamentos para pensar que la materia se organizaría aleatoriamente formando una tetera. Desconocemos cualquier misión espacial en la cual los humanos hayan colocado una tetera en órbita. Por ende, si alguien asegura que hay una tetera en órbita, coincidimos con Russell en que le corresponde a esa persona proporcionar razones para creer en tal afirmación.
Donde el argumento de la tetera de Russell falla es al suponer que el ateísmo constituye el punto inicial adecuado para el razonamiento humano sobre Dios. Históricamente, la mayoría abrumadora de la humanidad ha creído en un dios (o dioses), aunque no necesariamente en el Dios cristiano especificado. La existencia de Dios está intrínsecamente grabada en la naturaleza misma de la realidad, Dios prometió esa Buena Nueva hace mucho tiempo por medio de sus profetas en las sagradas Escrituras (Romanos 1:2).
La fe en lo divino representa el destino lógico al que nos conduce naturalmente la racionalidad humana. Por consiguiente, es responsabilidad del ateo explicar por qué deberíamos desestimar las inclinaciones naturales y lógicas de nuestras mentes y corazones, así como por qué deberíamos abrazar el ateísmo como verdad.