El pecado nos golpea y destruye nuestra alma, empieza a manchar nuestro corazón, nuestra conciencia y comienza a causar dolor; él nos inhabilita de funcionar como deberíamos hacerlo y afecta la manera en la que sentimos, vemos y vivimos.
Mientras más tratamos de guardar el pecado más aumenta y llega a convertirse en una mancha enorme en nuestra alma.