Tenía solo 7 años cuando hombres armados llegaron a su aldea, sembraron terror y le hicieron una pregunta que marcaría su vida para siempre. En medio del miedo, Androwas respondió con una firmeza que todavía hoy conmueve por su valentía y por la fe que decidió no soltar.
Según el testimonio recogido por Global Christian Relief y publicado por Guiame, Androwas vivía en una aldea de Nigeria cuando el grupo extremista Boko Haram llevó a cabo una serie de ataques. En ese momento, el niño estaba en casa junto a dos primas menores.
Él recordó que algunos miembros del grupo llegaron hasta su vivienda, pero no les hicieron daño al principio porque eran niños. Luego salieron y comenzaron a atacar a otras personas, disparando de forma indiscriminada, por lo que Androwas tomó a una de las niñas y salió corriendo mientras lloraba.
Un vecino cargó a la otra prima y también huyó para esconderse en una zona boscosa. Allí, Androwas logró reencontrarse con su familia, y todos permanecieron ocultos durante varios días en el bosque tratando de sobrevivir en medio del peligro.
El joven contó que corrieron hasta la noche y durmieron entre la maleza, mientras serpientes se arrastraban a su alrededor. También relató que sufrieron mucho, que a veces no encontraban comida y que pasaban noches enteras con hambre mientras Boko Haram seguía entrando en las casas y llevándose todo lo que consideraba útil.
Después, los terroristas encontraron a la familia y les dieron un ultimátum: debían negar a Jesús o serían asesinados. Androwas recordó que les dijeron: «¿Negarán a Jesús o no? Si no lo hacen, los mataremos».
Pero ni él ni sus familiares aceptaron renunciar a Cristo. Su respuesta fue contundente: «Nunca abandonaríamos nuestra religión. Preferimos morir y les dijimos que nos mataran».
Aunque sobrevivieron a la amenaza, la violencia dejó una profunda herida en la comunidad. Durante aquel ataque, Boko Haram quemó todas las iglesias de la aldea y asesinó a un pastor, mientras la familia de Androwas terminaba huyendo a un campo de refugiados en Camerún, donde vivió casi 10 años.
Con el paso del tiempo, Androwas también enfrentó hambre constante y perdió una pierna mientras intentaba conseguir transporte en un camión de chatarra con materiales y piezas de automóviles. Hoy vive con su familia en un campo de desplazados internos en Nigeria, en una casa sin terminar, donde duerme en el suelo.
A pesar de todo, el joven sigue aferrado a su esperanza de estudiar y algún día abrir su propio negocio. Y en medio de tanto dolor, su fe permanece viva, como lo expresa la promesa del Salmo 23, que él mismo recita de memoria: “El Señor es mi pastor; nada me faltará”.