Mateo 24:35 (RV1960)Observa el torbellino de la vida, esa danza incesante donde cada día te presenta algo nuevo y, a menudo, pasajero. Observa cómo se disipan los colores del atardecer, cómo cambian los rostros, cómo se desvanecen incluso las montañas. Ante este carrusel de lo fugaz, ¿dónde anclar tu alma?
Escucha la resonancia ancestral de las palabras del Señor, grabadas para siempre en el Libro Sagrado. No son palabras huecas ni conceptos olvidados en el desván de los tiempos; ¡son promesas que claman por cobrar vida en ti! Recuerda Mateo 24:35: El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
Este verso, faro en la oscuridad de la incertidumbre, te afirma algo trascendente: la palabra de Dios es la única roca donde puedes construir un edificio de esperanza.
¿Sientes en ti la brisa de lo temporal, el anhelo de algo sólido? ¡No estás solo! Todos transitamos esta misma senda. Sin embargo, la buena noticia es que hay un ancla segura para no sucumbir: ¡la palabra divina! Esta, a diferencia de las promesas vanas del mundo, no falla.
Una vez, un joven llamado Josué luchó incansablemente por superar obstáculos gigantes; veía desvanecer sus esperanzas al igual que la tierra. Un día, en la cumbre de su desesperación y en plena duda de su camino, tomó en sus manos las Sagradas Escrituras y encontró la voz de Dios. Este acto transformó su existencia; la certeza en las Escrituras reavivó sus fuerzas. No solo superó las dificultades, sino que también alcanzó las montañas más altas de sus sueños. Como Josué, busca en la palabra divina tu fortaleza e inspiración.
Tus inquietudes tienen respuesta, tus vacíos pueden ser llenados. No te conformes con las migajas que te ofrece el mundo cuando tienes a tu disposición el pan de vida eterna. Atrévete a tomar ese momento precioso cada día para escuchar la voz de Dios, para sumergirte en sus enseñanzas.
La voz del Creador es:
Permite que sus palabras obren una transformación profunda en ti. Permite que guíen tus actos y revistan tu alma con las más valiosas vestiduras: con la fe, la perseverancia, la paciencia y, sobre todo, el amor verdadero de nuestro Salvador y su eterno evangelio.
Comienza ahora, no esperes más. Sumérgete en la Palabra. No te prives del festín que Él te preparó para guiarte hacia un futuro eterno y feliz. Deja atrás la vida pasajera que se desvanece en el ayer. Invierte en lo imperecedero de su palabra, con una vida dedicada al Reino y al Señor Jesucristo.
El que practica el pecado es del diablo, porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.1 Juan 3:8
Vive cada día abrazado a esta verdad. La promesa de Dios permanece intacta, firme, eterna y esperándote para llenarte de bendiciones que el ojo no ha visto. Confía en que, aunque todo a tu alrededor cambie y la tierra se doblegue, sus palabras permanecerán por siempre. Sigue caminando seguro, guiado por la luz divina. Las palabras de nuestro Dios prevalecerán, y tus ojos también lo verán.
Así como dice Isaías 40:8: Se seca la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre.
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El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
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