Yo he destruido naciones y he derribado sus torres; ya no hay nadie que camine por sus calles solitarias; sus ciudades están desiertas, pues no queda un solo habitante.
Todo eso le sucedió al pueblo israelita para que nos sirviera de lección. Y así consta en las Escrituras, para que nos sirva de enseñanza a los que vivimos en estos últimos tiempos.
¡Qué mal os va a ir a vosotros, filisteos procedentes de Creta que vivís a la orilla del mar! ¡Filisteos que habitáis en Canaán, Dios ha decidido destruiros y dejar vuestro país sin habitantes.
Por eso os dispersé por naciones que no conocíais. Por eso vuestro país quedó hecho un desierto por el que nadie se atrevía a pasar. Por vuestra culpa, un país tan hermoso quedó abandonado y en ruinas.
Aquella misma noche, el ángel de Dios entró en el campamento asirio y mató a ciento ochenta y cinco mil soldados; a la mañana siguiente el campo estaba lleno de muertos.
Entonces le pregunté: —Dios mío, ¿cuánto tiempo durará esta situación? Dios me respondió: —Hasta que todas las ciudades sean destruidas y se queden sin habitantes; hasta que en las casas no haya más gente y los campos queden desiertos;
Yo he sorteado entre vuestras tribus todo el territorio que va desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo, esto es, tanto el territorio de las naciones que ya hemos conquistado, como el de las naciones que todavía faltan por conquistar.