Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y después de realizar la purificación de los pecados, se sentó a la derecha de la Majestad en las alturas,
fija nuestra mirada en el jefe iniciador y consumador de la fe: Jesús. El cual, a la vista de la dicha que se le presentaba, soportó la cruz, sin tomar en cuenta la ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios.
Jesús le responde: 'Tú lo has dicho. Y os lo aseguro: desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo sobre las nubes del cielo'.
Y poniéndose en pie, dijo el rey David: 'Oídme, hermanos míos y pueblo mío. Yo tenía decidido en mi corazón edificar una casa donde reposara el arca de la alianza de Yahveh, y que sirviera de escabel para los pies de nuestro Dios; e hice los preparativos para construirla.
Él edificará el templo de Yahveh, se revestirá de majestad y se sentará como dominador en su trono. Tendrá un sacerdote a su derecha y habrá concordia entre los dos'.