lo mismo al pueblo que al sacerdote, lo mismo al esclavo que a su señor, a la esclava lo mismo que a su dueña, tanto al comprador como al vendedor, al prestatario como al prestamista, al acreedor como a su deudor.
¡Ay de mí, madre mía, que me engendraste para ser hombre de discusión y de discordia para todo el mundo! Ni presté ni me prestaron, pero todos me maldicen.
En ti se acepta soborno para derramar sangre; exiges interés y usura; explotas a tus prójimos con violencia, y a mí me olvidas' -oráculo del Señor Yahveh.'