Dios la ha cumplido en favor de los hijos, que somos nosotros, suscitando a Jesús, como ya estaba escrito en el Salmo segundo: Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy.
Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino que se la confirió aquel que le dijo: Tú eres Hijo mío, yo te he engendrado en este día.
Luego, cuando Jesús fue resucitado de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de lo que había dicho y creyeron en la Escritura y en las palabras dichas por Jesús.
Y que lo resucitaría de entre los muertos de manera que no volviera a la corrupción, lo había dicho con estas palabras: Os daré las cosas santas, las que no han de fallar, prometidas a David.