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5.0★★★★★
Óyeme, pues, hijo mío, y no te apartes de las razones de mi boca.
Oíd, hijos míos, la doctrina de un padre, y atended bien para aprender prudencia,
Mirad que no recuséis al que habla, porque si aquéllos, recusando al que en la tierra les hablaba, no escaparon al castigo, mucho menos nosotros, si desechamos al que desde el cielo nos habla,
Óyeme, pues, hijo mío, y atiende a las palabras de mi boca.
No se aparten nunca de tus ojos, guárdalas dentro de tu corazón;'
Hijo mío, no la pierdas nunca de vista, guarda siempre la prudencia y el consejo,
No me he apartado de tus juicios, porque me has instruido.