1 Al maestro de coro. Salmo de los hijos de Coré. 2 ¡Oíd esto, pueblos todos! ¡Prestad oído todos los moradores del orbe: 3 plebeyos y nobles, ricos y pobres juntamente! 4 Mi boca va a proferir (sentencias) sabias, y la meditación de mi corazón, (palabras) sensatas. 5 Tenderé mis oídos al proverbio, y al arpa expondré mi enigma. 6 ¿Por qué he de temer los días de desventura, cuando la iniquidad de los que pisan mis talones me cerca, 7 los que confían en su opulencia y se glorían de la abundancia de sus riquezas? 8 Nadie puede rescatar al hombre de la muerte, nadie puede dar a Dios su rescate;' 9 pues muy caro es el precio de rescate de la vida, y ha de renunciar por siempre 10 a continuar viviendo indefinidamente sin ver la fosa 11 Pues verá cómo los sabios mueren, desaparecen juntamente el necio y el exulto y dejan a otros sus haciendas. 12 Las tumbas son sus casas para siempre, sus moradas de generación en generación, aunque dieron sus nombres a las tierras. 13 Pero el hombre no perdura en su esplendor, es semejante a las bestias, que perecen. 14 Tal es el camino de los que confían en sí mismos, y el fin de los que se complacen en su boca. Selah. 15 Como rebaño son echados al “seol,” la muerte los pastorea, los justos los dominan. A la mañana, su figura se desvanece en el “seol,” lejos de su morada. 16 Pero Dios rescatará mi alma de las manos del “seol,” pues me tomará. Seláh. 17 No temas, pues, cuando un hombre se enriquece y se acrecienta la gloria de su casa. 18 Porque a su muerte nada se llevará consigo, ni le seguirá su gloria. 19 Aunque se haya halagado durante su vida: “Te alabarán porque te trataste bien”, 20 tendrá que irse a la morada de sus padres para no ver jamás la luz. |
Alberto Colunga Cueto, y Eloíno Nácar Fúster. 1944©