¿Por qué Dios no sanó a Julio Melgar, si declararon sanidad en él?

¿Porque Dios no sanó a Julio Melgar, si declararon sanidad en él? - Reflexiones Cristianas
¿Porque Dios no sanó a Julio Melgar, si declararon sanidad en él?

Hoy en día, hay muchos que maldicen y bendicen en el nombre de Dios. Seguramente, has escuchado a más de uno “decretando” o “declarando” cuanto se les ocurre. Estas personas creen que Dios debe respaldar tales palabras, basándose en que “Dios les ha dado tal autoridad”. Sin embargo, ¿esto es lo que enseña la biblia? En el libro de Números 22 y 23 nos enseña algunas verdades dignas de considerar respecto a la bendición y la maldición.

Balac, el rey de los moabitas, creía que la maldición y la bendición dependían del profeta Balaam, solo por ser profeta. Por eso, le pidió que maldijera al pueblo de Israel. Pero veamos la respuesta de Balaam ante la petición del rey:

“He aquí he recibido orden de bendecir, Él dio bendición y no podré revocarla” (Números 23:20).

Noten cómo, aunque dice: “he recibido orden de bendecir”, lo que en realidad está diciendo es: “He recibido orden de notificar bendición”. La siguiente frase dice: Él dio bendición y no podré revocarla”. Las bendiciones eran dadas por Dios, y los profetas solo las comunicaban. Lo mismo pasa con la maldición.

Cuando el rey Balac insistió en que Balaam maldijese al pueblo de Israel, el profeta respondió: “¿Porque maldeciré yo al que Dios no maldijo?” (Números 23:8).

Por tanto, el designio de “decretar” bendición o maldición no está en las manos de los hombres. Llámese pastor, profeta, o apóstol, nadie tiene la autoridad para “declarar” sino solo Dios. Dios es el que da y el que quita (Job 1:21). El siervo de Dios solo anuncia, advierte, proclama, pero nunca “decreta” bendición o maldición. Nadie puede venir y decirnos por voluntad propia: “Yo te maldigo en el nombre del Señor”, y pensar que esto será así. Asimismo, nadie puede decir: “Yo te bendigo a ti y a tu familia en el nombre del Señor” y pensar que sucederá automáticamente (aunque lo haya hecho con las mejores intenciones).

En efecto, en el Antiguo Testamento, Dios puso bendición y maldición delante de Israel. Si obedecían, recibían bendición. Si desobedecían, recibían maldición (Deutoronomio 11:26-28). Sin embargo, cuando Cristo vino, nos redimió de la maldición de la ley (Gálatas 3:13). Aunque la obediencia o la desobediencia sí traen ciertos resultados para el creyente, la bendición de Dios no depende finalmente de lo que yo hago ni del “decreto” de acuerdo a la voluntad de alguna persona. La bendita realidad del creyente es que las bendiciones dependen exclusivamente de la gracia de Dios en Cristo. En Él tenemos todas las bendiciones que necesitamos (Efesios. 1:3).

La respuesta de muchos hermanos ante la situación de Julio Melgar tal vez era solo para un bien mayor, pero todo esto confirma lo que dice Romanos 8:26 “pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos”. Muchos bien intencionados hermanos ‘declararon y decretaron’ sanidad. Les movió el mismo sentimiento que hizo que Pedro, al escuchar al mismo Jesús hablar de su inminente muerte, “Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca.” (Mateo 16:22).

Hay suficiente evidencia bíblica para creer que Dios concede a sus siervos fieles conocer el tiempo de su partida. Julio Melgar no debió ser la excepción, él sabía. Seguramente pasó su propio Getsemaní, humanamente resistiéndose a lo inevitable que Dios ya le había mostrado. Sin embargo, al igual que Jesús, abrazó la cruz. Dios el único que declara y decreta, dispuso que Julio partiera la misma semana que se conmemora la muerte y resurrección de Jesús.

Como humanos, tratamos de posponer lo inevitable de la muerte. En nuestra ignorancia bíblica, creemos que podemos parar la voluntad de Dios con nuestras oraciones que despliegan mucha fe y poder pero muy poca humildad. Cuando Romanos 8:26 dice que el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad de no saber cómo pedir, es para explicar que Él mismo “intercede por nosotros con gemidos indecibles”.

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