Cristiana escapa de los campos de concentración en Corea “Podía morir en cualquier momento, pero Dios estaba conmigo”

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Cristiana escapa de los campos de concentración en Corea “Podía morir en cualquier momento, pero Dios estaba conmigo”

Hea Woo, fue perseguida por el régimen comunista de Corea del Norte por ser cristiana, pasó varios años en 10 cárceles, pero logró huir. Ahora relata el infierno que vivió a causa de su fe. Habló de Dios a otros presos en el único lugar donde los guardianes comunistas apenas se atrevían a entrar, por razones obvias: las letrinas.

La suya es una historia de sacrificio y supervivencia, de desolación pero también de fe. Ahora está al frente de la Lista Mundial de Persecución de la fundación Puertas Abiertas y recorre Occidente contando su odisea y pidiendo a los cristianos que recen y se acuerden de sus hermanos en la fe que sufren persecución en Corea del Norte.

Cuando Woo recuerda su infancia, no puede olvidarse del colgante con una cruz que siempre llevaba su madre, pero no supo que era cristiana hasta que murió.

Corea había sido a principios del siglo XX un país muy cristiano. Llamaban a Pyongyang, la capital, la Jerusalen de Extremo Oriente. Había misiones católicas y pastores evangélicos. Pero todo eso se terminó con la llegada del comunismo, después de la II Guerra Mundial y la división del país en dos, que se enfrentaron en una guerra (1950-53) que oficialmente no ha terminado: se firmó el armisticio, pero no la paz. “Por miedo, mi madre no nos pudo decir nada de Jesús”

El actual lider norcoreano, Kim Jong-un

Corea del Norte bajo influencia de la China de Mao se convirtió en un feroz régimen marxista donde se persigue a los cristianos. Y también en una dictadura dinástica (primero Kim Il-sung, al que sucedió en 1994, Kim Jong-il, y cuando éste falleció, en 2011, ocupó el “trono” su hijo Kim Jong-Un).

Unos años después Woo se casó, pero su marido fue encarcelado al ser considerado un espía. “Mi marido cuenta que presenció cómo su abuelo moría por ser pastor evangélico a manos de unos soldados. Esta imagen le acompañó toda su vida. Por eso, él huyó a China y se convirtió en un líder en una iglesia de este país”.

Y añade: “Pero le denunciaron, fue capturado y acusado de ser un espía. Le torturaban todos los días y a pesar de que volvía a su celda destrozado, siempre andaba a gatas para hablarles al resto de los presos de Dios”.

Woo no puede ocultar la emoción al hablar de su marido. Por la gesta que realizó entre rejas:  “levantó una iglesia en la cárcel”.

En una de las visitas que los guardianes le dejaron a hacer a dos de sus hijos, el marido de Woo  “cogió la mano de mi hijo mayor y le escribió en la palma: Tenéis que creer en Jesús. Y añadió: es la única manera de sobrevivir. A Jesús no podrás ver con tus ojos, pero te aseguro que existe. Cada vez que quieras llorar, orar a Dios y Jesús te responderá. Y si muero antes de salir de la cárcel, tenéis que huir a China. Eso fue lo que les dijo. Se les quedó grabado para siempre.”

Unos meses después su esposo falleció y Woo decidió seguir su estela proclamando su fe. Pero le perseguía la adversidad. “El año en que perdí a mi marido, también murió mi hija de 20 años, por hambre. En esos momentos, yo no sabía bien qué hacer, pero tenía claro que debía luchar por lo que había hecho mi marido. Por eso, huí a un pequeño pueblo de China. Allí podía oír un programa de radio que hablaba sobre los cristianos, aunque no podía ir a la iglesia”.

Durante su estancia en China, Woo fue capturada dos veces y vivió en más de 10 cárceles. Su voz entrecortada muestra el dolor vivido durante este tiempo. “Éramos más de 200 personas en la cárcel. Hacíamos trabajos forzados durante todo el día. Y no teníamos esperanza de escapar”.

A pesar del fantasma del hambre, tomó más de una vez decisiones heroicas. Como darle parte de su exigua comida a otros presos. “Yo decidí dárselo al resto de presos. No soportaba ver como se desnutrían”. La mejor recompensa para Woo era ver su cara: “cuando les veía comer, mi corazón se alegraba”




Fue entonces cuando comenzó a hablar de Dios a otros reclusos“En las letrinas… porque era un lugar seguro donde los guardias no sospecharían por el mal olor”, detalla. Pero no era sencillo burlar al desánimo, cada vez que veía morir a un recluso. Y las muertes eran frecuentes.

Woo se estremece al recordarlo: “Al haber tantas muertes, los guardias nos obligaban a los presos cargar con los fallecidos, en unas carretillas. hasta un monte donde los quemaban. Pero para quemarlos era preciso machacar previamente sus cuerpos. Y éramos nosotros, los presos, los que teníamos que machacarlos. Después de incinerarlos, las cenizas servían de abono para el campo”.

Woo asegura que “Sabía que podía morir en cualquier momento, pero Dios estaba conmigo pasara lo que pasara”.

Tuvo una suerte enorme. Esperó “a que la salida, que era una puerta eléctrica, estuviera completamente abierta. Ese día, corrí hacia la puerta y me metí por la estrecha abertura. Cuando llegué a la carretera, no pare de correr. Tampoco quise mirar atrás. Estaba feliz de abandonar ese lugar tan espantoso”, expresó.

Ya han pasado más de siete años. Ahora vive en Corea del Sur junto a otros 25.000 refugiados norcoreanos.

Los Campos de concentración (Gulag) eran más que un sistema penal de campos de trabajos forzados, fundados desde la II Guerra mundial
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