La palabra "fatimí" se utiliza para referirse a todo aquello relacionado con la dinastía fatimí, un califato islámico chií que gobernó un vasto territorio del norte de África, Egipto, Sicilia, el Levante mediterráneo y el Hiyaz (con La Meca y Medina) desde el siglo X hasta el XII. Su nombre, derivado del árabe clásico fat-.imi, proviene de Fátima, la hija menor del profeta Mahoma y esposa de Alí, el cuarto califa y primer imán para los chiíes. Los fatimíes afirmaban ser descendientes directos de Fátima y Alí, legitimizando así su derecho a gobernar.
La dinastía fatimí se originó en un movimiento ismailí chií. Los ismailíes, una rama del chiísmo, creían en la sucesión hereditaria del imanato a través de los descendientes de Ismail, el séptimo imán. Los fatimíes, presentándose como descendientes de Fátima e Ismail, se opusieron al califato abasí suní de Bagdad, al que consideraban ilegítimo.
Esta reivindicación genealógica fue fundamental para la legitimidad fatimí, especialmente entre las poblaciones chiíes. Al proclamar su descendencia de la hija del Profeta, se presentaban como los auténticos líderes del Islam y herederos del legado de Mahoma.
El Califato Fatimí se estableció en Ifriqiya (actual Túnez) en el año 909 d.C. bajo el liderazgo de Ubayd Allah al-Mahdi Billah, quien se proclamó califa. Desde allí, la dinastía expandió su poder rápidamente. Conquistaron Egipto en 969, fundando la ciudad de El Cairo como su nueva capital. En su apogeo, el imperio fatimí se extendía por gran parte del norte de África, incluyendo Sicilia, Palestina y partes de Siria.
El periodo fatimí fue una época de gran florecimiento cultural y económico. Los califas fatimíes eran conocidos por su mecenazgo de las artes y las ciencias. Fundaron la prestigiosa Universidad de al-Azhar en El Cairo, que se convirtió en un importante centro de aprendizaje islámico. También promovieron el comercio y la construcción de infraestructuras, como mezquitas, palacios y bibliotecas.
A pesar de su poderío inicial, el Califato Fatimí comenzó a declinar a partir del siglo XI. Conflictos internos, revueltas populares y la creciente presión de los cruzados europeos debilitaron el imperio. Finalmente, Saladino, un general kurdo suní, derrocó al último califa fatimí en 1171, poniendo fin a la dinastía y restaurando el dominio suní en Egipto.
En la actualidad, el término "fatimí" se utiliza principalmente en contextos históricos para referirse a la dinastía, su imperio y su legado cultural. Puede referirse a:
En resumen, "fatimí" evoca un periodo histórico específico del Islam, marcado por una dinastía chií que dejó una huella significativa en la cultura, la política y la sociedad del norte de África y Oriente Medio.