La palabra "compota", proveniente del francés compote, generalmente se define como un dulce de fruta cocida con agua y azúcar. Sin embargo, esta definición, aunque correcta, resulta bastante superficial y no abarca la riqueza histórica y cultural que rodea a este alimento.
El término compote tiene sus raíces en el latín vulgar composita, que significa "mezclado" o "compuesto". Esto nos da una pista sobre su naturaleza original: una mezcla de diversos ingredientes. En la Edad Media, la composita no se limitaba a las frutas, sino que incluía carnes, verduras y especias, cocidas lentamente en un líquido. Era un plato sustancioso, no necesariamente dulce, y se servía al principio de la comida. Con el tiempo, la elaboración de compotas se fue refinando y, en la Francia del siglo XVII, empezó a asociarse principalmente con frutas cocidas en almíbar, adquiriendo la connotación dulce que conocemos hoy en día.
La compota, en su versión moderna, se utiliza principalmente como postre o como acompañamiento de otros platos. Su textura suave y su sabor dulce la hacen ideal para bebés y personas con dificultades para masticar.
La compota ha estado presente en la gastronomía europea durante siglos y ha jugado un papel importante en la alimentación de diferentes culturas. En algunas regiones, la compota de manzana, por ejemplo, es un acompañamiento tradicional de platos de carne de cerdo. En otras, la compota de frutas secas se sirve en ocasiones especiales como Navidad o Pascua.
La compota, un plato sencillo pero con una larga historia, nos recuerda la importancia de aprovechar los recursos naturales y la capacidad del ser humano para transformar ingredientes básicos en delicias culinarias.