La palabra "auricalco" (del latín orichalcum, y este del griego ὀρείχαλκος, oreíchalkos, literalmente "cobre de montaña") designaba un metal brillante, similar al oro, mencionado en textos antiguos. Si bien su definición moderna lo simplifica a "cobre, bronce o latón", la realidad es mucho más compleja y fascinante, envuelta en misterio y especulación.
El auricalco aparece en diversos relatos mitológicos y literarios de la antigüedad. Una de las referencias más famosas se encuentra en la descripción de la Atlántida realizada por Platón en sus diálogos Critias y Timeo. Según Platón, el auricalco era el segundo metal más preciado en la isla legendaria, después del oro, y se utilizaba para recubrir los muros del templo de Poseidón y otros edificios importantes.
También se menciona en la Odisea de Homero, donde se describe el palacio de Alcínoo, rey de los feacios, con detalles de auricalco. Hesíodo, en su Teogonía, habla de la armadura de Heracles hecha de este metal.
La verdadera composición del auricalco sigue siendo un enigma. A lo largo de la historia, se han propuesto diversas teorías:
Aunque su composición exacta es incierta, se cree que el auricalco se utilizaba para la fabricación de objetos ornamentales, joyas, monedas y elementos decorativos en la arquitectura. Su brillo dorado y su asociación con la riqueza y el poder lo convertían en un material altamente valorado.
En la época romana, la palabra orichalcum se usaba para referirse a un latón dorado, y se han encontrado monedas romanas acuñadas con este metal. Sin embargo, es importante distinguir entre el auricalco legendario de la Atlántida y el orichalcum romano, que probablemente eran materiales diferentes.
El misterio que rodea al auricalco ha alimentado la imaginación de escritores, artistas y estudiosos a lo largo de los siglos. Sigue siendo un símbolo de una tecnología perdida y una fuente de fascinación para aquellos que buscan desentrañar los secretos del pasado.
Y en torno a todo el borde exterior del muro, lo habían revestido de bronce; y en torno al interior de la acrópolis, lo habían revestido de estaño; y el templo de Poseidón lo revistieron de oricalco, que brillaba como el fuego.- Platón, Critias